Escrito por Irma Hernandez,
January 16, 2008 a las 2:43 pm
· Categoria Españolas
En la bahía de Bermeo a Ogoño, en el país Vasco, se encuentra el islote de Itzaro. Actualmente se encuentra deshabitado, solo quedan algunas ruinas, unas escaleras talladas y las leyendas que cuentan los lugareños.
Dicen que en el siglo X hubo ahí un pequeño monasterio, habitado por monjes blancos. Estos monjes jamás abandonaban el islote, y vivían de lo que la buena gente les llevaba en pequeños botes de remos.
Una tormentosa noche de invierno la contemplación y oraciones de los monjes se vieron interrumpidos por los gritos de auxilio de un pobre hombre que se aferraba a las rocas en medio del oleaje. La tormenta le había llevado de acá para allá hasta casi ahogarlo, y sangraba por los golpes que había recibido al estrellarse contra la áspera costa… Los monjes acudieron en su ayuda, y con sogas, y como pudieron, le rescataron y lo llevaron con ellos.
El hombre permaneció ahí largo tiempo, recuperándose de sus heridas físicas, y también de las espirituales. Cuando tuvo fuerzas les contó su triste historia. Siendo un hombre pobre, se había enamorado de una joven rica, y desde luego la familia se opuso e intentó separarlos. Incluso el hermano de su amada intervino, y lo desafió, el hombre no tuvo mas remedio que defenderse, y terminó matando al caballero. Entonces, para no enfrentar la pena de la joven, ni las represalias del resto de la poderosa familia, huyó en un bote de remos. Estalló la tormenta, el bote no resistió y naufragó; el desdichado luchó enmedio del feroz oleaje y cuando ya desesperaba, se encomendó a Dios, así fue como las olas finalmente le llevaron a la agreste costa de Itzaro.
Compadecidos, los monjes le dieron un hábito y le permitieron quedarse aunque el hombre no hizo ningun voto. Asi, él dedicó sus días al trabajo y la meditación y poco a poco empezó a recuperar la paz perdida.
Pasaron meses de calma, hasta que una mañana una mujer enlutada llegó en el bote que llevaba las limosnas a Itzaro. El hombre bajó al muellecito para ayudar, tal como acostumbraba, y al verle la mujer se descubrió el rostro oculto por los velos negros. Era la joven rica. Así terminó la paz del hombre refugiado, a partir de ese día se reunió con ella a escondidas cada vez que les era posible.
La joven escapaba por las noches a la playa frente al islote, y le hacía señales con una farola, entonces él nadaba hasta ella, y en secreto disfrutaban de su amor. Pero esto no duró mucho tiempo, la familia de ella se enteró, y una noche su padre la siguió, y enfurecido la mató con su espada. Después recogió la farola y la utilizó para atraer al amante de su hija. En cuanto llegó, también lo mató. Para que nadie supiera lo sucedido arrojó los cuerpos al mar, con rocas atadas a sus cuellos para que se hundieran hasta el fondo.
Sin embargo las almas en pena de los desafortunados amantes lo delataron. Se aparecían en las noches claras, recorriendo la playa entre sollozos y gemidos. Cuando el padre de la joven se enteró, su conciencia no pudo más y se mató con su propia espada. Por todas estas tragedias, los monjes dejaron el humilde retiro de Itzaro, y se marcharon a otro monasterio donde pudieran orar en paz.
Aun ahora se cuenta que los dos amantes continúan vagando por la playa, llorando todavía el no haber podido ser felices juntos en vida.
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