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Archive for Terror

Terror 200 años atrás

Ros se secó los labios satisfecho. Se disponía a cerrar la cantimplora cuando un desgarrador grito estremeció todo su cuerpo.
-¿Qué diablos es eso?- se dijo.
Una jauría de aullidos de espanto parecía haber estallado a pocos metros de la colina en la que se hallaba.
-¡Socorro!
No cabía duda, algo espantoso estaba sucediendo. Aquella súplica desesperada lo arrancó de su sorpresa. Arrojó a un lado la cantimplora y salió a todo correr en dirección a los lamentos. Las zarzas se entretejían entre sus piernas pero los alaridos de horror que crecían a cada instante espoleaban su loco descenso.
-¡Dios mío!- murmuró jadeando.
Le faltaba ya el aire, el sol y el esfuerzo, provocaban una avalancha de sudor en su cuerpo, más no podía detenerse, el frenesí de los bramidos lastimeros lo azuzaban sin descanso.
-¡Y ahora carcajadas!
Unas cavernosas risas se elevaban sobre los gemidos. El concierto era espeluznante. Ros angustiado por la cercanía de la tragedia apretó el paso hasta encontrarse frente a frente con un espeso arbusto que le cortaba el avance.
En su mochila no llevaba ningún objeto capaz de abrirse paso entre la maraña de ramas y espinas, así a todo tenía que atravesarla, los llantos suplicaban su presencia y su ayuda.
Sus manos desnudas apartaron con gran esfuerzo el ramaje, su respiración agitada casi acallaba la delirante algarabía, solo podía escuchar con claridad el desbocado latir de su corazón. Ni siquiera el dolor ni la sangre que corría por sus manos a causa de las espinas del arbusto, consiguieron apartar sus ojos del horror que ahora observaba.
Abrió la boca para dar rienda suelta al pánico que su corazón experimentaba y de sus labios no salió la más mínima palabra.
Una caravana aparcada en un claro del bosque, enmarcaba el drama. Una familia de campistas: padre, madre y dos hijos pequeños, yacían en el suelo acosados por las morbosas risas. Media docenas de andrajosos motoristas de aspecto demoníaco, los rodeaban, atacándolos constantemente con unas barras largas de metal que recordaban a las lanzas utilizadas en tiempos lejanos. Un manto de sangre, de gritos y de polvo, cubría a los cuatro desgraciados. Los padres protegían con sus cuerpos sanguinolentos a los pequeños más los diablos, sin dejar de mofarse y de divertirse de lo lindo, descabalgaron de sus monstruos metálicos y decidieron trinchar con sus estacas de acero carne más joven.
Ros había perdido el aliento. Sus pies permanecían clavados en el suelo mientras sus ojos desorbitados imprimían en su cerebro hasta el mínimo macabro detalle de aquella siniestra ejecución.
Los gemidos se habían acallado. Solo las risas de las bestias de carne y hueso, la sangre y la muerte, reinaban ya en la arena. Las espinas que se clavaban en los dedos de Ros, lo devolvieron a la realidad. Apartó precipitadamente sus manos del arbusto y la ventana al infierno que el mismo había abierto, se cerró estrepitosamente.
-¡Allá arriba hay alguien!- gritó uno de los monstruos.
-¡Cojonudo! ¡La fiesta continúa!
La ola de polvo, los aullidos demoníacos y el rugir de los motores de las bestias de metal, se lanzaron colina arriba en busca de más diversión.
Ros no tuvo que pensar demasiado. Sus pies lo hicieron por él. Decidieron echar alas y poner tierra entre él y aquellos demoníacos verdugos.
Saltaba zarzas, rocas, caminos, arbustos, troncos, un obstáculo tras otro, sin detenerse, sin pensar, sin descansar, respirando urgentemente, cabalgando al ritmo desenfrenado de su corazón. Los bramidos de los motores y de las gargantas de los bárbaros, lo seguían de cerca. Ellos no se cansaban, no jadeaban, no sudaban, no temblaban. Ros se quedaba sin fuerzas, sin aire, sin energía y aún así seguía corriendo. Sentía el aliento de los ejecutores en su nuca y su peste le espoleaba en el ascenso.
-¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir!- repetía su cerebro.
Pero su tiempo parecía agotarse. Las lágrimas rodaron por su rostro al descubrirse pensando en todos aquellos planes que algún día había trazado y que jamás podría realizar.
No tenía ninguna oportunidad. Ya no podía más. La cabeza estaba a punto de estallarle, los pulmones se resistían a absorber ni un gramo más de aire y su corazón se hallaba al límite de sus fuerzas.
-Debo encontrar un escondrijo.
Esconderse, esconderse como un conejo era lo que le restaba. Una extraña construcción de piedra posiblemente de los tiempos de los megalitos, se presentó ante él como la única oportunidad. No podía buscar nada mejor estaba completamente desfallecido y los motoristas le pisaban los talones. Se abrió camino entre las zarzas para llegar hasta ella. Sus pasos fatigados lo arrastraron hasta el interior y allí se dejó caer sin aliento.
Las motos no tardaron en alcanzar la zona, rondaban el megalito como si pudiesen oler el miedo que entre las cuatro rocas se ocultaba. Ros intentaba calmar su pecho. Se apretaba el corazón para impedir que sus latidos llegasen a los oídos de los monstruos.
-¡Tiene que estar por aquí!
-Creo que se ha escondido.
-Ja, ja
-Tengo la estaca lista. Lo ensartaremos en ella y podemos cocinarlo como una pincho de carne.
-¡Ja ja ja!
-Una estupenda idea. El que lo descubra tendrá el derecho al primer bocado.
La siniestra alegría de los ejecutores se clavó en el corazón de Ros con casi tanto dolor como lo haría la estaca metálica.
Era el fin. Iba a morir, lo sabía y no podía defenderse, no tenía ninguna posibilidad. Su vida acabaría entre terribles gritos de dolor durante una larga tortura. Aquel sabor a hiel helada que reventó en la boca de Ros no era otra cosa que miedo, pavor en el mayor grado que él jamás había experimentado
-¡No quiero morir!
Inconscientemente alargó su mano hacia el suelo buscando algo con lo que defenderse. Un objeto helado fue capturado por sus dedos. Toda la sangre de su cuerpo se heló en ese instante. Unos ojos le sonreían satisfechos entre la maleza.
-¡Lo tengo! ¡Es mío! ¡Yo le daré el primer bocado! Ja ja ja.
Los rugidos se acercaron a su escondite, las carcajadas los acompañaban. Una lanza de metal se abrió paso entre la maleza antes de sus captores.
-¡Sal, amiguito, vamos a divertirnos!
Ros no sabía lo que hacía. Se levantó. Sus piernas temblorosas milagrosamente podían soportarlo. Su corazón parecía haber dejado de latir. Solo el hielo amargo del terror que secaba su boca, le recordaba que aún estaba vivo, aunque por poco tiempo.
-¡Quiero vivir!- gritó aterrorizado
Una carcajada general recibió su lamento.
Ros alzó su mano derecha y amenazó a las bestias con el objeto con el que se había armado.
Las carcajadas se acallaron. Los gestos se tornaron serios por un instante. Pero no tardaron en reventar de nuevo con más fuerza.
-Ja. Ja, ¿Piensas matarnos arrojándonos una vieja calavera?
Entonces Ros contempló por primera vez el objeto que alzaba. Sus dedos se aferraban a la parte trasera de un cráneo mugriento. Todo su cuerpo se convulsionó de espanto, espanto, por todo, por el horror que había presenciado, por el miedo que aquellas bestias le producían, por el terror a perder su vida, por hallarse allí blandiendo una profética calavera.
-Quiero vivir, quiero vivir.- gritó con toda su alma
Y el cielo le respondió. Aquel día soleado de camping se obscureció de repente. Las nubes negras lo tomaron al asalto y la luz desapareció de la faz de la tierrra. Los motores callaron, las risas cesaron y Ros invocó a la desesperada a la calavera.
-¡Quiero vivir!
Tenía tanto miedo que sus piernas se doblaron cayendo de rodillas sobre la tierra mientras las lágrimas de terror le inundaban el rostro.
El cielo estalló a su grito. Miles de rayos cubrieron el horizonte. Los motoristas intentaron huir pero sus máquinas se habían callado para siempre. Permanecieron sobre ellas como muertos vivientes con sus demoníacos ojos clavados en la calavera.
Un rayo cruzó el cielo y se dirigió hacia el mugriento cráneo. Entró por la órbita vacía del ojo y tras salir por la otra, ocupó repentinamente su boca.
Ros soporto como pudo la descarga. Su cuerpo temblaba tanto que no podía distinguir la fuerza del rayo y la de su terror. En alto la calavera recibía el beso furioso del cielo, retumbaba llena de ira a punto de reventar. Ros la mantenía para el cielo y no apartaba ni un instante su mirada de ella. Al fin lo que esperaba sucedió. La fuerza de las alturas reventó en mil pedazos el viejo cráneo.
Una mancha negra, un objeto quizás, un ente oscuro y siniestro osciló en el aire. Un ente desconocido tomó cuerpo de entre las sombras y rápidamente se encaramó en el hombro de Ros.
El día retornó. La tormenta se disipó y Ros se puso en pie sonriendo. Solo tuvo que dar un paso, un solo paso al frente y los motoristas del infierno se desplomaron como estatuas de ceniza.
Ros se sacudió la ropa. Se encontraba bien, estaba tranquilo. No había olvidado nada de lo que había sucedido mas no le parecía en aquellos instantes tan terrible. Dio una patada a unos de los montículos que un cuerpo de los motoristas había dejado y las cenizas se esparcieron por el aire.
¿Miedo? ¡No! No tenía miedo. ¿Cómo podría tenerlo? El terror había abandonado su alma para siempre.
Terror encogió y estiró su masa negra y Ros se frotó su hombro derecho, ahí donde notaba un curioso peso pero donde nadie podía ver nada.

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La oscuridad

Como siempre, Julia sólo pulsó el botón de stop del vídeo cuando.
Desaparecieron los últimos títulos de crédito de la película y la niebla se apoderó de la pantalla. Una vaga inquietud comenzó a apoderarse de ella. No tendría que haber visto una película de terror a horas tan tardías. Eran más de las doce y no le quedaba más remedio que acostarse y apagar las luces. Estaba sola en casa, a excepción de su hijo pequeño, que dormía plácidamente en la pequeña cama de su habitación. Su marido tenía turno de noche en la fábrica y no volvería hasta las siete de la mañana. Se había sentido aburrida y había puesto la película, una historia de muertos vivientes que la había impresionado más de lo que ella pensaba.

La película duró más de la cuenta y ahora ella no tenía más remedio que apagar las luces y acostarse sola; tenía que levantarse temprano para ir a trabajar, iba a ser un día muy atareado, y no podía demorar más tiempo el momento de apretar el interruptor. Miró el reloj y la cama vacía e intentó borrar de su mente el oscuro temor de siempre a la oscuridad, a dormir sola, al espacio vacío debajo de su cama, a los armarios que, a esas horas de la noche, parecían ominosos y amenazadores. Uno de ellos tenía una puerta levemente abierta. La cerró del todo. Esa rendija de oscuridad siempre la había asustado, le parecía que, de repente, la rendija comenzaría a ampliarse, provocada por una mano invisible que empujaba la puerta.

Notó como su pulso se estaba acelerando. No tenía que haber visto esa película. Lo que le había parecido entretenido a las diez de la noche, cuando podía oír las animadas conversaciones de los vecinos que le llegaban por la ventana entreabierta, ahora le parecía terrorífico. El silencio se extendía por todo el edificio y ella casi podía notarlo como un zumbido sordo y constante en sus oídos. Por fin, decidió irse a dormir y desterrar de su mente todos esos absurdos temores. No obstante, no pudo evitar cumplir con su inevitable ritual. Antes de apagar las luces miró debajo de la cama. Como siempre, nada. Nunca había encontrado nada que la pudiera intranquilizar, pero jamás, desde su infancia, había dejado de echar un vistazo.
Aunque su marido se reía de sus miedos y, al principio, había intentado deshacerse de esa manía, con el tiempo la había aceptado como una pequeña excentricidad y, salvo alguna broma ocasional al respecto, la había dejado por
imposible.

Después, lo de siempre. Se dirigió hacia el interruptor de la luz, lo apagó y,
corriendo, se quitó las zapatillas y se metió en la cama, tapándose a continuación la cabeza y sintiendo su corazón latir algo más rápido de lo acostumbrado. La oscuridad la aterrorizaba. Intentó concentrarse en pensamientos alegres, su marido besándola por la mañana cuando llegara, su hijo de un año y medio despertando y buscándola; pero era imposible. Cuando dormía sola, antes de que el sueño se apoderase de ella, solamente miedos oscuros e ideas terroríficas venían a su mente.
Solamente podía pensar en manos que la cogerían por los tobillos desde debajo de la cama, en la puerta del armario abriéndose con un crujido siniestro para dar paso a un ser de pesadilla… Sus manos atenazaban el borde de las mantas, rogaba que el sueño le sobreviniese pronto y despertar, como siempre, en la habitación bañada de luz.

Supuso que había pasado una media hora cuando comenzó a invadirla aquella agradable paz y tranquilidad, la flojedad en sus miembros y su mente que ella siempre identificaba con la llegada del sueño salvador. Pero algo hizo que esa sensación desapareciese bruscamente. Oyó un ruido debajo de la cama. Su corazón comenzó a latir cada vez más deprisa, su boca se abrió, pero no pudo gritar. Pensó en un ratón, algún pequeño animal que caminaba por el suelo y que desaparecería en cualquier momento. Se aferró a esa idea con desesperación, para darse cuenta con un infinito de que aquel ruido no podía causarlo ningún vulgar ratoncillo. Eran unos siniestros crujidos, seguidos
de una espantosa caricatura de respiración, algo así como el ruido que emite un
asmático en una crisis, un espantoso y cavernoso gorgoreo. La mente de Julia comenzó a escapar hacia las regiones oscuras de la locura y el espanto infinitos. Aquello estaba crujiendo debajo de su cama, moviéndose siniestramente en la oscuridad, y aquel sonido de respiración parecía casi humano. En cualquier momento una oscura garra surgiría de debajo de su cama y atraparía su mano agarrotada por el terror, y algo monstruoso caería sobre ella. ¡Ahora, ahora, ahora! Esta palabra se repitió en su cabeza cada vez más deprisa, mientras Julia esperaba el momento fatídico, mientras su corazón latía desbocado, amenazando con estallar. ¡Ahora, ahora, ahora…

El marido de Julia nunca logró olvidar lo que vio en su dormitorio cuando volvió de trabajar. Sus tremendos gritos de horror despertaron a todo el vecindario. Seguía gritando enloquecido cuando los vecinos, tras forzar la puerta de su piso, lo encontraron.

Su mujer yacía boca arriba en la cama, los ojos espantosamente
abiertos, las manos contraídas y agarrotadas aferrando el borde de las sábanas.
Muerta. Muerta de miedo. Pero no menos horroroso fue lo que encontraron debajo de la cama. Un pequeño cuerpo asfixiado que, gateando, había ido a enredarse en unos plásticos, muriendo asfixiado tras una horrible agonía. ¡Su hijo pequeño, muriendo ahogado bajo la cama de su madre que moría de terror!.

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La villa de Castro Marim

La legendaria Villa de Castro Marim
La legendaria Villa de Castro Marim está ubicada cerca de la frontera española, concretamente a 3 km, separada de Andalucía por el rió Guadiana, este enclave está rodeado por la reserva natural do Sapal, siendo una de las zonas más húmedas de Portugal.

Los poco más de dos mil habitantes que conforman esta antigua fortaleza, hoy convertido en un entorno de casas blancas y restos históricos que aun nos recuerdan antaño, cuentan numerosas leyendas que envuelven de misterio a este enigmático lugar, además podemos contemplar dos castillos donde moros y cristianos libraron batallas sangrientas.

La historia de este pueblo se remonta al neolítico, pero sin duda no es hasta la guerra incansable entre moros y cristianos cuando este lugar empieza a cobrar un nivel histórico de auténtica importancia para el tema que nos ocupa, comenzando su punto más álgido en el año 1.242 cuando llegó la reconquista cristiana que arrebató nuevamente la fortaleza a los musulmanes bajo el mando de D. Paio Peres Correia, donde se libraron batallas sangrientas por toda la zona, siendo los muros del castillo San Sebastiao testigo del sonido de las espadas y los estremecedores gritos de los caballeros que combatían.

En el año 1.319 el Papa Juan XXII nombro a la Villa de Castro Marim primera sede orden de la Cristo, hasta 1.356, donde esta fue trasladada a la localidad andaluza de Tomares.

EN EL CASTILLO DE LA VILLA DE CASTRO MARIM EXISTEN LEYENDAS QUE DICEN QUE DURANTE LA NOCHE SE PUEDEN ESCUCHAR SONIDOS MISTERIOSOS QUE PARECEN RECORDAR LAS BATALLAS QUE UN DÍA SE LIBRARON ENTRE SUS MUROS

Nada más llegar al pueblo, nos dirigimos al castillo de la Villa de Castro Marim, edificación construida por los Árabes entre los siglos X y XII, llegando a convertirse en 1.910 en un monumento nacional.

Las leyendas y rumores que rodean a este castillo hablan de extraños sonidos durante la noche, que parecen recordar las sangrientas batallas que se libraron entre sus viejos muros, “pasos, relinchar y trotar de caballos, sonidos de espadas, etc..”

Los turistas que paseaban por el interior del castillo hacían referencia a la leyendas de fantasmas, algunos incluso bromeaban con la posibilidad de que se apareciera la figura espectral de algún antiguo caballero.

Lo cierto es que el lugar impresiona, todavía conservaba algunos recuerdos que te ponen los pelos de punta, como dos viejas horcas y algún aparato de tortura.

Al salir del castillo nos dedicamos a entrevistar a varias personas del pueblo, todas conocían las leyendas que escondía esa vieja villa, algunas incluso valoraban la posibilidad de que ciertas historias fuesen reales ya que algunos personajes de los cuales hablaban estas leyendas habían existido realmente.

EL FUERTE DE SAN SEBASTIAO FUE CONSTRUIDO EN EL SIGLO XVII COMO FORTALEZA DE DEFENSA DE LA VILLA, SIENDO A DÍA DE HOY UN LUGAR DE LEYENDAS DONDE EL FANTASMA DE UN VIEJO PRISIONERO SE APARECE A LOS NIÑOS

Otro de los lugares con leyenda es el Forte de San Sebastiao que fue construido en el siglo XVII justo en la colina de la Villa y fue utilizado como fortaleza de defensa, comunicándose con el castillo de la Villa de Castro Marim por un muro, del cual solo quedan algunos restos.

Justamente debajo del fuerte podemos observar varias casitas blancas, hasta allí nos desplazamos para entrevistar a varios de sus habitantes, entre las diferentes personas con las que pudimos hablar, conseguimos un testimonio en Castellano, el de Luis, un joven de 30 años que se encontraba cargando material de construcción en la furgoneta de su padre. La historia que Luis y otros lugareños nos contaron sobre este castillo, viene a relatar que hace siglos habitaba en él un prisionero que fue apresado de niño y permaneció toda su vida en el interior del castillo recluido, hasta que un día falleció, a partir de entonces según cuenta la leyenda, el fantasma de este prisionero se aparecía en el castillo para jugar con los niños, siendo testigos de estas apariciones solamente los más pequeños del lugar.

Algunas personas de la Villa aseguran que a día de hoy algunos niños han podido ver a este fantasma deambulando entre los muros de la fortaleza, eso si, no sin esbozar una ligera sonrisa, ya que consideran que son invenciones de los más jóvenes, o la propia imaginación que a sabiendas de esta leyenda les juega una mala pasada.

LA LEYENDA MÁS POPULAR DE ESTA VILLA HABLA DE MAURINHO FORTE, UN HOMBRE QUE SEGÚN LOS HABITANTES DE CASTRO MARIM, EXISTIÓ REALMENTE

En la plazoleta principal del viejo pueblo nos encontramos a muchos habitantes de la Villa, entre ellos conversamos con María Fernanda y Alicia Correa, quien estaban sentadas en un banco con varias personas más. Este amable grupo de personas fueron los que nos orientaron de forma testimonial en la leyenda más conocida de Castro Marim, la de Maurinho Forte, un hombre que vivía hace años en la Villa, el cual era poseedor de una olla llena de Libras y objetos de oro, pero durante una de las etapas negras de este lugar se vio en la obligación de enterrarlas por miedo que se la robaran. Pasado un tiempo cuando Maurinho Forte decidió recuperar la olla se encontró con algo tan absurdo como inexplicable. Una especie de bicho gigante le atacaba cada vez que se acercaba para intentar desenterrar el tesoro. Según la leyenda, Maurinho falleció sin haber conseguido recuperar su preciada olla llena de oro y sin haber comentado a nadie el lugar donde se encontraba enterrada. A día de hoy la leyenda continua y se rumorea que en ocasiones se puede ver vagar el alma de Maurinho por los campos que rodean a este pueblecito en busca de su tesoro.

Esta historia ha calado tanto en los portugueses que según nos contó Alicia Correa, llegaron a venir al pueblo desde Lisboa, un equipo de búsqueda con aparatos especializados para intentar encontrar este tesoro escondido. Además nos recalcó en varias ocasiones que Maurinho Forte existió realmente.

EN EL AÑO 2006 LA SEÑORA ARMINDA RITA ENCONTRÓ EN EL RIÓ GUADIANA UNA MANITA DE SANTO QUE FUE QUEMADA DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Durante nuestro reportaje entrevistamos a muchas personas, pero sin duda hubo un testimonio que nos llamó la atención ya que tenía relación con la guerra Civil Española. Arminda Rita nos relataba como recordaba hace 40 años mientras caminaba con su padre por el poblado, como en plena guerra Civil española los republicanos se dedicaban a quemar y destruir todo lo que tenía alguna simbología religiosa en nuestro país, entre los numerosos destrozos, según las propias palabras de Rita, algunos llegan incluso a salpicar a este pueblo de Castro Marim debido a su cercanía con la frontera española.

También recuerda como los republicanos quemaron la imagen de un Santo, concretamente San Lucas de Guadiana. Aquella historia permaneció viva en su memoria desde entonces, hasta hace aproximadamente un año donde encontró en el rió Guadiana una manita de santo, concretamente la de aquella figura que vio como se quemaba hace cuatro décadas. Rita pasados unos meses del hallazgo avisó a su prima Linda que trabajaba en el Hotel Franco de Ayamonte, localidad perteneciente a la provincia andaluza de Huelva, para comentarle lo que había encontrado. A los pocos días entregaron la manita de Santo a las autoridades y llegaron incluso a entrevistarse con altos cargos políticos que agradecieron su honestidad al entregar este símbolo religioso. Además Rita también llegó a ser testigo de fenómenos inexplicables en el castillo de la Villa de Castro Marim, donde pudo presenciar como una puerta y una ventana que siempre permanecían cerradas con un candado, se abrieron en un momento en el que no estaban mirando.

UNA NOCHE DE INVESTIGACIÓN EN BUSCA DE REGISTRAR ECOS DEL PASADO

Después de recuperar fuerzas y cenar nos preparamos para lo que iba a ser una larga jornada de investigación, nuestra intención era intentar registrar en nuestros aparatos alguna imagen o sonido del pasado. El primer lugar donde fuimos a realizar grabaciones de tipo psicofónica y otras pruebas de registro de imagen con videocámara y cámara fotográfica fue al castillo San Sebastiao, donde ese antiguo prisionero, siempre según la leyenda, se aparece para jugar con los niños. Pasamos allí algo más de una hora y las esperanzas de obtener resultados positivos parecían comenzar a mermarse ya que no registramos nada anómalo en nuestros aparatos, ni presenciamos nada aparentemente extraño, así que decidimos acercarnos al otro castillo, al de la Villa de Castro Marim, lugar que al igual que el primer castillo donde habíamos estado, se encuentran situado en una colina, estando aislados de las casas, por lo que el silencio es absoluto, además como pudimos comprobar más adelante, incluso entre las mismas calles del pueblo imperaba ese aire silencioso. Estuvimos casi dos horas realizando grabaciones y experimentos audio-visuales en la entrada del castillo, ya que permanecía cerrado al publico a esas horas, sin embargo el misterio se nos presentó a gran escala, ya que nuestras grabadoras consiguieron captar cinco psicofonías, de las cuales tres de ellas parecen ser palabras en algún idioma extranjero que no llegamos a interpretar.

PSICOFONÍAS DEL CASTILLO DE LA VILLA DE CASTRO MARIM

Envundido escuchar aquí http://www.goear.com/listen.php?v=1396064

Alestocni escuchar aquí http://www.goear.com/listen.php?v=1d22e42

Germen guan escuchar aquí http://www.goear.com/listen.php?v=d05955c

Mohamed escuchar aquí http://www.goear.com/listen.php?v=1416d1a

El Domingo “ante mi pregunta de si me darían permiso para entrar en el castillo aparece esta respuesta” escuchar aquí www.goear.com/listen.php?v=a36c532

.Nuestro próximo objetivo era rastrear la zona verde que rodea a esta enigmática Villa, lugar donde según cuentan sus habitantes hay tesoro enterrado y se aparece el fantasma de Mourinho Forte, su propietario, que a día viene desde ese otro lado para seguir buscando su preciada olla de oro. La sensación en este lugar era incómoda, no te sentías agusto, es como si algo te invadiera por completo diciéndote que estabas metiendo las narices en una propiedad ajena, sin embargo, nos encontrábamos en mitad del campo, en un lugar sin casas, ni granjas, en esa zona no existía ninguna propiedad privada, pero aun así esa sensación hacía mella en todos nosotros, siendo quizás la sensación más curiosa que sentimos durante nuestra visita por la zona. Después de realizar grabaciones psicofónicas durante una hora pudimos percatarnos de que habíamos conseguido registrar tres psicofonías, dos de ellas hacían mención directa a la leyenda de Maurinho Forte, aquello nos dejó asombrados, ya que una de ellas era muy clara, que podíamos llegar a entender perfectamente

PSICOFONIAS POR EL CAMPO DONDE ESTA ESCONDIDO EL TESORO SEGÚN LA LEYENDA

El bicho “una voz femenina parece hacer referencia al bicho que atacaba a Maurinho Forte” escuchar aquí http://www.goear.com/listen.php?v=5089f6d

Hola Sadán escuchar aquí http://www.goear.com/listen.php?v=8083370

La olla “una voz parece hacer mención a la famosa olla que permanece enterrada por este lugar” escuchar aquí http://www.goear.com/listen.php?v=430d54e

Los resultados de la noche de investigación fueron bastante buenos, ya que conseguimos registrar algunas psicofonías muy interesantes y de buena calidad, sin embargo nos quedamos con un sabor agridulce, por no haber podido captar ninguna imagen extraordinaria, aunque ya sabemos que eso es mucho más complicado que registrar inclusiones psicofónicas, pero aun así, no desistiremos y volveremos a este enclave mágico en cuanto no sea posible para realizar una segunda noche de investigación y volver a conversas con los simpáticos habitantes de Castro Marim, los cuales se mostraron siempre amables ante nuestras constantes preguntas, por eso desde aquí me gustaría agradecerles su colaboración, ya que sin ellos no habría sido posible realizar este reportaje.

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No te fies de la niña

Esta historia que os vamos a contar le ocurrió a una amiga mia:
Un día Raquel salió del instituto como todos los días, pero ese día por alguna extraña razón decidió tomar un camino diferente. Después de caminar unos minutos, vio a una niña llorando y Raquel le preguntó que le pasaba. La niña señaló con el dedo una vieja casa y entre lloros le explicó que su gato se había metido allí, la niña no quería ir a buscarlo, tenía miedo, se le veía muy aterrada.

Amablemente Raquel, que era muy buena persona, decidió ayudar a la niña y buscar al gato.

Al llegar a la entrada, la puerta estaba abierta, y no había nadie en la casa por lo que decidió entrar. Cuando entró la puerta se le cerró de golpe, a pesar de ello Raquel decidió continuar adelante, de pronto apareció el gato corriendo por las escaleras, Raquel lo siguió, al llegar al segundo piso, el gato estaba allí, en medio del pasillo mirándola fijamente, parecía como si el gato la hubiese esperado y cuando Raquel se le acercó para cogerlo, éste escapó hacia una habitación que tenía la puerta entreabierta.

Al entrar en la habitación, Raquel se quedó sorprendida, era la habitación de una niña, tenía las paredes forradas de papel rosa y las estanterías llenas de preciosas muñecas que miraban fijamente a los intrusos. Pero Raquel no se sorprendió por la cantidad de juguetes que habían en la casa, ni tampoco porque un caballito de cartón balanceaba solo misteriosamente. La habitación, a diferencia del resto de la casa, estaba nueva, como si el tiempo no hubiese pasado.

De pronto fijó la mirada en una foto, se podía ver a una familia, al parecer el padre, la madre y su hija, la niña que ahora estaba allí en la calle esperando que le trajese a su gatito.

Raquel se empezó a asustar de verdad, todo esto ya no le gustaba, así que decidió volver sin el gato y escapar de aquella casa antes de que ocurriese algo. Al darse la vuelta para salir, ahí estaba la niña, ensangrentada y llorando:

¡ELLOS ME MATARON!, ¡Y TAMBIEN LO HARAN CONTIGO!

Al día siguiente encontraron el cuerpo de Raquel, igual como se encontró el de aquella niña muchos años atrás.

Os preguntaréis como sé esta historia. Yo soy aquella niña y quiero que me traigas a mi gato…

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Una historia no tan sorprendente

La historia que les voy a contar ocurrió en La Huerta de Mataquito, sobre esa casa, que debe tener unos 200 años, hay varias historias que contar, pero lo haré en otra ocasión.

Esto pasó hace unos años, tendríamos mi hermana y yo uno 10 o 12 años (actualmente tenemos 21) y estábamos con unos primos más o menos de nuestra edad, conversando ya que hacía mucho tiempo que no nos veíamos. En eso mi hermana se paró para ir al baño y volvió algo nerviosa, pero no le dimos importancia, al ratito, uno de mis primos también se paró al baño, pero volvió de inmediato y miró a mi hermana, ella le dijo “tu también lo viste cierto?” y los dos salieron corriendo a donde una tía, mi otro primo y yo los seguimos y les preguntamos que había pasado.

Ellos nos contaron que en una pieza habían visto a un hombre vestido de negro que los miraba, mi tía al escucharlos se rió y dijo que esas cosas no pasaban, etc… Mi tía es en realidad bastante incrédula en ese tipo de cosas, aunque yo creo que es un mecanismo de auto defensa, porque ella vive sola en esa enorme casa colonial.

Al ver que mi hermana y mi primo insistían en lo que habían visto, mi tía los acompañó para que le dijeran dónde habían visto a ese hombre, ella los siguió y mi primo le indicó la pieza, ella miró con cara de sorprendida y se fue sin decir nada, nosotros no entendimos su actitud y ella nunca nos quiso decir nada, pero después nos enteramos que esa pieza era en la que dormía un amigo muy querido de mi tía, el que lamentablemente había fallecido.

Pero también había pasado otra cosa extraña en esa pieza, un día después de la muerte de su amigo, mi tía entró a la pieza y vio que en medio del suelo había crecido una plantita, ella quedó muy extrañada porque es imposible que crezca una planta en una pieza donde no entra mucha luz y además debajo del suelo hay una capa gruesa de cemento.

Mi tía llamó al curita del pueblo para que le dijera algo y este le dijo que seguramente era algún mensaje de su amigo, pero era ella quien debía interpretarlo… Su interpretación es que sin duda hay algo más allá de la muerte, que permite que nuestros seres queridos que ya han partido puedan de alguna forma comunicarse con nosotros.

Bueno, traté de redactar lo mejor posible esta historia para que se entendiera bien. Espero que les haya gustado mi colaboración, aunque se que estas historias no son tan sorprendentes como otras que están publicadas, pero quise mandarlas para ver si les interesaban.

Se despide con cariño Gabriela Palma desde Santiago de Chile.

Hasta pronto.

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La dama de Negro

Cuenta la leyenda que en un pueblecito cántabro de cuyo nombre no quiero ni puedo acordarme, de esos perdidos entre montañas y que en invierno quedan incomunicados, de esos que a menudo son tapados por la niebla y cuyas casas son aún de piedra y madera, sus gentes guardan un antiguo e insólito secreto. Dice también la leyenda que en dicho pueblecito hace ya más de 50 años que algunos de sus habitantes han vivido atemorizados. Estos habitantes son los que recuerdan un hecho que cambió la vida del pueblo para siempre. Un hecho que, bien por injusticia, bien por su crudeza, no ha sido nunca revelado a forasteros o a localidades cercanas, de tal modo que el secreto de momento ha quedado guardado dentro de los límites del pueblo y de la mente de sus más ancianos habitantes.

Este hecho, increíble e incomprensible para todos aquellos que no lo vivieron, cuenta que en las afueras de la localidad, y casi escondido entre una espesa arboleda, hay un edificio que había servido muchos años antes como un psiquiátrico. Allí enviaron a muchísimos hombres y mujeres que habían perdido la razón, a muchos que cometieron atroces asesinatos o que se les consideraba peligrosos a lo largo y ancho del territorio español.

Cuando pasó el tiempo y tanto el personal del psiquiátrico como los enfermos fueron reubicados en otros centros más cercanos a las grandes urbes, llegó el punto en el que el psiquiátrico se vació oficialmente. Pero, como en casi todas las versiones oficiales, hubo parte de la verdad que se ocultó, ya que en el pueblo empezó a circular el rumor de que a ciertos enfermos problemáticos, los servicios de salud o las administraciones pertinentes decidieron que salía más rentable hacer con ellos un ejercicio de “olvido�?. Estos rumores se fundamentaban en testimonios de celadores del psiquiátrico a los que amigos o conocidos del pueblo les habían oído quejarse de la atrocidad que se estaba cometiendo al dejar allí a muchos enfermos atados con correas a sus camas, gritando, abandonándoles sin alimento ni agua, y sellando e insonorizando sus habitaciones para que nadie pudiera saber nunca más de ellos.

La atrocidad no se llegó a producir totalmente, ya que la idea fue demoler aquel edificio totalmente con los inquilinos que habían “olvidado�? dentro. Por una razón o por otra el edificio no llegó a demolerse, así que allí quedó el psiquiátrico olvidado por todos, con sus inquilinos dentro y abandonados a una muerte segura y horrible.

Pero lo que no se podía esperar nadie fue lo que ocurrió después. Pocas semanas tras el abandono del edificio, muchos habitantes del pueblo empezaron a oír feroces gritos por las noches que provenían de la espesa arboleda, gritos que pronto pudieron identificar como procedentes del edificio del psiquiátrico. Los habitantes entraron en un silencioso pánico general, ya que nadie quería hablar de ello, y preferían callar ante lo que parecía un hecho imposible. ¡Aquellos locos ya deberían estar muertos, llevaban más de un mes sin alimento ni líquido, encerrados, atados!

La situación se empezó a complicar aún más ya que, unido a los terribles gritos nocturnos, a los lúgubres alaridos provenientes del antiguo psiquiátrico, los habitantes del pequeño pueblo notaron cómo cada noche desaparecían animales de sus granjas y corrales: gallinas, cerdos, vacas… Cada mañana faltaban más animales y aparecían trozos de algunos de ellos por el pueblo. Rastros de sangre salían desde las cercas del ganado y prácticamente no había nadie que no se hubiera percatado de que dichos rastros conducían camino del antiguo psiquiátrico a través de la espesura de la arboleda.
Hubo quien, además, advirtió que había visto por las noches a lo lejos a una mujer vestida de negro, de aspecto fantasmal y armada con una daga, destripar a los animales y llevarse muchos de ellos, para luego perderse en la negrura de la noche camino del siniestro edificio.

Pasaron las semanas, y en vista de las pérdidas de ganado en el pueblo, un día de fin de año los vecinos decidieron poner fin al robo de animales, aunque muchos de ellos se temieran que las desapariciones eran obra de un fantasma. Así que noche tras noche montaron guardia en todos los corrales y cercados, hasta que por fin una noche dieron con algo.

Uno de los vecinos que vigilaba encontró al ladrón con las manos en la masa y llamó al resto de personas que montaban guardia, que rápidamente se unieron a él. Delante de ellos, como si los espectros realmente existieran y fueran algo tan natural como el día o la noche, había una figura tapada con una manta negra, levitando unos centímetros sobre el suelo, con una daga que movía diestramente con una mano mientras decapitaba un pollo sujeto con la otra. La figura pareció percatarse de la gran expectación que estaba provocando sobre los habitantes del pueblo, que, armados con antorchas, guadañas, palos y otras armas espontáneas, no paraban de mirarla.

Con una velocidad sobrenatural, la figura partió “volando�? literalmente con el pollo muerto en la mano hacia el edificio, confundiéndose en la negrura de la noche. Todos los vecinos, sin dudarlo, y venciendo el miedo a lo sobrenatural debido a que la masa humana reduce el temor, corrieron raudos hacia el oscuro y viejo edificio para atrapar al ladrón y detener la matanza de sus animales.

Al llegar allí, entraron salvajemente al edificio iluminándolo con sus antorchas. No encontraron nada en el primer piso, sólo viejas camillas y mesas quirúrgicas con telarañas. Pero, al subir al siguiente piso, todos ellos se detuvieron y quedaron petrificados al ver el repugnante espectáculo que tenían ante sus ojos. En la sala que se abría ante sus narices había varias decenas de cuerpos famélicos, encogidos, de largas melenas y que se les notaban todos los huesos. Les miraban en asustadizas posturas, tirados por el suelo, acurrucados en los rincones, mientras cientos de trozos de animales y gran cantidad de sangre estaban esparcidos entre ellos y por sus cuerpos. En el centro, la figura de la dama con la manta negra permanecía de pie, levitando, con el pollo ensangrentado y la daga en las manos.

Todos los vecinos salieron huyendo despavoridos en una torpe carrera. ¿Los enfermos olvidados? ¿Fantasmas? Nadie supo quiénes eran los humanos o tal vez los espectros que allí estaban. A partir de entonces, cada fin de año los vecinos de este pueblo dejan, antes por temor y ahora por tradición, algunas gallinas o cerdos u otros animales en la entrada de la arboleda, y gracias a ello, dicen los viejos del lugar (a los que ahora se les considera que cuentan batallitas inventadas) que los gritos no se han vuelto a escuchar por las noches. Lo que bien es cierto, es que esos animales cada mañana de año nuevo han desaparecido.

Autor: Ricardo Richter

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El Espectro de la Puerta de Tierra

-Déme otro atolito, mamá Rita, pero bien caliente; ¿usted quiere otro compa?.
-Si compadre; y póngale bastante canelita, mamita, que así me gusta más.

Este diálogo tenía lugar frente a la Puerta de Tierra, bajo el portal que existe en esa barriada. Mamá Rita era una viejecirta que, durante años, había vendido atole, tamales y demás antojitos a los parroquianos que frecuentaban el sitio, centro del movimiento comercial de la ciudad, que constituía una de las entradas y salidas hacia el interior. El portal estaba acondicionado como mesón rústico, y sus mesas casi siempre las ocupaban viajeros, negociantes y personas que disfrutaban contemplando la actividad que allí se desplegaba.

A la hora en que conversaban los actores de esta historia, alrededor de la media noche, escasos clientes había en el mesón y ya no se veían transeúntes en la calle. El vigilante cabeceaba sentado sobre un madero adosado al portalón, y a la luz vacilante de los mecheros se adivinaba el perfil de la muralla. Los trasnochadores de marras, estimulados con el calor del atole e incitados por la soledad reinante, derivaron en su plática al las consejas de ultratumba
¿Ya estará por llegar el volán de Hampolol?
-¿Por qué pregunta, compadre?
-Le diré compa. Es que me acuerdo de que, cuando yo hacía viajes por esos pueblos, una vez me pasó algo que, nada más de pensarlo, me pone la carne de gallina
-A ver, a ver, compadre, cuénteme, cuénteme.
-Pues si, compa, de esto ya hace algunos años. Más o menos como ahora, venía yo de Bolonchenticul por el camino que usted seguramente conoce, con más piedras que el pellejo de un atacado de viruelas. Por suerte no era época de lluvias, porque de haber sido así no estaría yo contándoselo.
–¡Siga, siga, compadre, que se pone interesante!
-Pues, como le decía, venía por el bendito camino, cuando de repente veo adelante, como a unas cincuenta varas, una lucecita. Aunque yo no soy miedoso, como usted sabe, compa, me preparé por si se trataba de un salteador. Pero, mientras me acercaba, empecé a sentir que me temblaban las piernas. Yo no soy supersticioso, compa; pero como uno oye tantas cosas, pues pensé, a lo mejor es un espanto; porque dicen que así se tiembla cuando se aparece un alma. De todas maneras armándome de valor seguí por el mismo camino, pues no había otro, hasta que llegué a la lucecita. Y no lo va usted a creer, compa; había un hombre todo vestido de negro, acurrucado junto a la lucecita, al que yo no podía distinguir desde lejos; y, al querer bajarme para ver en que podía ayudarlo, él alzó la vista y………
-¿Qué pasa, compadre? ¿Se te olvidó el cuento?
Antes de contestar, el compadre se tomó el resto de su atole ya frío, y dijo:
-¡Otro atolito, mamá Rita, para que yo me calme!
Pero la vendedora ya se había retirado a descansar de modo que el compadre tuvo que prescindir del paliativo del atole, y prosiguió:
-¡Qué va compadre! ¡Si eso no se puede olvidar! ¡Y aquí viene lo mejor! Alzó la cabeza para mirarme, y haga usted de cuenta, compa, las brasas de un fogón, así eran sus ojos, que echaban chispas. Enseguida comprendí; ¡Era el demonio, compa! Los caballos se pusieron a relinchar y yo, muerto de susto, no me podía mover! Solamente pude decir: ¡Jesucristo! ¡Y vi cómo el Malo retrocedió tapándose la cara, como si alguien lo estuviese golpeando! Entonces, reaccionando, azucé a las bestias, que emprendieron una loca carrera. Pero felizmente, llegamos al próximo poblado sin novedad. Y ése es el cuento, compa; por eso preguntaba yo si habrá entrado el volán de Uayamón, no sea que al carretero le paso lo que a mí en Bolonchenticul.
-Pues, mire, compadre, ahora yo le voy a contar lo que mi me sucedió. Y conste que es la primera vez que lo voy a decir.
Entretanto, los conversadores se habían quedado solos en el mesón del portal, y en la calle desierta únicamente se veían las sombras de la muralla alargándose sobre el suelo al resplandor de los hachones colgados de la Puerta de Tierra.
-Ahí le va el cuento, compadre. Como usted sabe, mi mamacita, que en paz repose, murió hace ya varios años. Y usted sabe también que Dios no nos mandó hijos; así que en la casa de usted no vivimos más que mi mujer y un servidor. Una noche, faltando poco para el cabo de año de la difunta, fui despertado por alguien que me llamaba. Sacudí a Eduviges, que estaba profundamente dormida, para preguntarle si ella me llamó; pero su respuesta, con perdón de la palabra, fue un insulto, que no quiero repetir, y siguió durmiendo. Cuando ya volvía yo a mi sueño, oí de nuevo que me llamaban. Me senté en la hamaca sorprendido, y miré hacia el rincón de donde salía la voz. ¡Y le juro por Dios, compadre, que allí estaba mi madre! Ya se imaginará usted que me quedé más mudo que una pared titiritando como un perro empapado. Se dirigió el fantasma a donde yo me encontraba, y me dijo: Hijo, siento asustarte, pero no te voy a causar daño, únicamente deseo que no olvides ofrecerme tres misas por mi cabo de año, aunque a tu mujer no le agrade. Y te prometo que ya no me volverás a ver. Y se esfumó. Al día siguiente puse a Eduviges al corriente de lo ocurrido, pero se rió y me dijo cuatro frescas. Y no se celebraron las misas que pidió mi mamacita.
-¿Y que pasó después, compa?
El compadre hablaba tenuemente, y de reojo observaba la calle quieta y obscura.
-Pues esto fue lo que pasó. Que una noche Eduviges me despertó con gritos y, señalando al rincón, tartamudeaba: ¡Allí, allí! Y, efectivamente, era otra vez la difunta.

Dominándome, le pregunté qué quería y ella me recordó que no me había ocupado de sus misas. Y regresó al otro mundo. Como pude, tranquilicé a Eduviges, que cayó presa de un acceso nervioso, y, luego de una semana de fiebre y convalecencia, fue ella quien me rogó que la llevara a la iglesia para solicitar las misas en sufragio del alma de mi mamacita. Y nunca más he vuelto a verla en el rincón de la casa.
Por un instante los dos compadres callaron, pensativos. Y no era que temiesen a lo desconocido; pero no intentaban levantarse de sus sillas. Con aprensión atisbaban hacia la calle que conducía a la Puerta de Mar, oscura como una boca de lobo. De pronto, los alertó un ruido que provenía del lado oriental de la calle de la muralla.

Pusieron atención y oyeron pasos: alguien se acercaba. Y no se equivocaban. Súbitamente surgió ante ellos una figura cadavérica que portaba un féretro sobre sus hombros. Sin percatarse de los trasnochadores, el macabro personaje desfiló frente a ellos, que no salían de su asombro. El enviado del inframundo se deslizó junto al guardia que dormía plácidamente y se perdió rumbo al castillo de San Juan.
-¡Vámonos, compadre, antes de que regrese!

Pero el compadre yacía en el suelo casi desmayado. El compa sacó arrastrado a su amigo de debajo de la mesa y, venciendo su terror, corrieron como venados perseguidos por un cazador.

Una media hora más tarde volvió a pasar por la Puerta de Tierra, ahora de occidente a oriente, el cadáver con su féretro a cuestas. Pero no era ningún fantasma. Simplemente se trataba de Chang, un chino carpintero que había llevado un ataúd de regalo a un compatriota suyo –porque, como sin duda estará informado el lector, los chinos tienen en gran estima un regalo de esa naturaleza-; pero, por supuesto, el conterráneo dormía a tales horas a pierna suelta, y por esa razón Chang se vio obligado a retornar a su carpintería con el fúnebre obsequio.

Pero los compadres ya no visitaron más la Puerta de Tierra, porque no deseaban revivir la experiencia de encontrarse con el espectro que, según ellos, rondaba noche a noche por las calles de la muralla.

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El Callejón del diablo

Hasta hace algunos años existía, a corta distancia de lo que hoy es el centro de la ciudad, una estrecha callejuela conocida con el nombre de Callejón del Diablo. La citada vía, que empezaba en el descampado de San Martín y desembocaba en la Zanja, consistía en un pasadizo sombrío bordeado de árboles frondosos y atravesaba un paraje solitario en el que, a modo de vivienda, se descubría una casucha paupérrima habitada por un tísico. Como se comprende, ya sea por el enfermo, por el nombre del callejón o quizá por su lobreguez, el hecho es que poca gente se aventuraba de día por esa ruta; y quien la utilizaba, procuraba salvar su recorrido apresuradamente. Naturalmente, de noche únicamente los temerarios se atrevían a cruzar la tal callejuela; teniendo para ello que valerse de todos sus sentidos, pues después del ocaso reinaba allí una profunda obscuridad. Y viene el cuento. En cierta ocasión, uno de aquellos bravos que son capaces de tragarse el propio diablo volvía a casa, luego de una sabrosa plática con sus compañeros de la ritual tertulia nocturna. Se internó en el callejón y, hallándose casi a mitad del camino, acertó a vislumbrar una figura que se apoyaba en el tronco de uno de los árboles mencionados. Tuvo un ligero sobresalto, per inmediatamente se recuperó y mustió para sus adentros: -¿Con que forajidos a mí, eh? ¡Ahora verás!-. Y empuñando las manos, se dirigió resueltamente hace el sujeto. Ya se encontraba a unos metros del individuo cuando, de pronto, se iluminó la escena y surgió ante los ojos del valiente un ser horrendo que reía malignamente. El noctámbulo sintió que la tierra se hundía bajo sus plantas; pero, acicateado por su instinto de conservación, en lugar de desmayarse se puso pies en polvorosa, logrando así evadirse de una segura desgracia. La noticia de que el callejón de marras se aparecía el demonio cundió entre la población y, a consecuencia del incidente ocurrido al trasnochador de la historia, se propaló que otras personas ya habían sido asustadas por el monstruoso espectro. Y, si regularmente el callejón era escasamente transitado en las noches, al comprobarse que Lucifer se había establecido en él, ya nadie osaba ni por equivocación usar este camino después de ocultarse el sol. Y, como sucede siempre que se trata de las calamidades públicas, alguien ducho en cuestiones diabólicas aconsejó que, para evitar que el diablo comenzara a incursionar fuera de su reducto y se abatiese sobre la comunidad quién sabe con qué malditos fines, se depositaran diariamente bajo el árbol infernal algunas ofrendas, de preferencia joyas y monedas de oro. Y así se hizo. Lo curioso del caso es que los supersticiosos que todas las mañanas iban a dejar obsequios a Satán, observaban que los del día anterior se habían esfumado, lo que les afirmaba en su convicción de que el diablo se complacía con los regalos que el pueblo le brindaba. Pero el misterio llegó a oídos de dos fornidos pescadores sanfrancisqueños, que ya se las habían visto en sus correrías marinas hasta con basiliscos, de manera que estaban curados de espanto. Y dialogaron así los lobos de mar: -¿Qué te parece lo del diablo de San Martín?
A mi me parece que hay gato encerrado, y que el diablo ése tiene costumbres de ratero. Y tengo para mí que, como buenos hijos de Dios, si hay algo que no debemos permitir es el robo a sus ovejas, aunque el ladrón sea el mismo Belcebú
¿Crees que podamos hacer algo?-, preguntó el primero; -Sospecho que sí-, contestó filosóficamente el interpelado. Esa vez, al filo de la medianoche, dos siluetas penetraron resueltamente en el pavoroso callejón. Y, como es de rigor, el presunto diablo esperaba pacientemente apoyado en su árbol para infundir el terror del más allá al desprevenido transeúnte que se arriesgase a ingresar en aquellos dominios del infierno. Ya estaba el padre de las tinieblas listo para encender su cartucho de azufre y mostrarse a los que se aproximaban cuando súbitamente, a la luz de una antorcha nacida de la nada, vio emerger la imagen peluda, armada de negros cuernos y larga cola, del auténtico Satanás. No se reponía todavía de la sorpresa cuando experimento en las posaderas la mordedura de un fuego que le quemaba las entrañas, y que no era más que un tizón al rojo vivo que diestramente acababa de aplicarle en esa región uno de los pescadores; pues ya supondrá el lector que los sanfrancisqueños eran los autores del contraataque diabluno. Presa de un pánico indescriptible, el cavernícola sólo atinó a decir: -¡Jesús, el diablo quiere llevarme!-; y, profiriendo aullidos demoníacos, emprendió velocísima carrera, comparados con la cual los récords olímpicos no son sino juegos de niños. A la noche siguiente, los pescadores se apostaron en el callejón, y, aunque montaron guardia hasta el alba, el diablo no apareció por ningún lado. Sin embargo, al poco tiempo de la vergonzosa retirada del adversario, se averiguó que un prominente personaje de la localidad se debatía entre la vida y la muerte a causa de una extraña y repentina enfermedad que, en forma de llagas, se le manifestó en los glúteos, aparentemente producidas por quemaduras profundas. El individuo sanó porque, según opinión del vulgo, se arrepintió de sus culpas y donó a una institución par pobres un lote de joyas, entre las cuales muchos creyeron reconocer las que ofrecieron al diablo junto al árbol. Así fue ahuyentado el Angel Malo de su madriguera de San Martín. Y solamente quedó como recuerdo de los sucesos acaecidos el sugestivo nombre de Callejón del Diablo con que se designó durante largos años al siniestro recoveco antes de que, con el avance de la urbanización, desapareciera definitivamente de la red de vías pintorescas de la ciudad.

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