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Archive for Españolas

EL LABRADOR DESHONESTO

Cerca de Astigarraga, en el país Vasco, vivió un labrador avaro que logró reunir una modesta fortuna. Los vecinos criticaban su excesivo apego al dinero, pero también reconocían su amor al trabajo. El labrador era el primero en levantarse y el ultimo en irse a dormir, se pasaba el día atendiendo sus campos y sus huertos y a menudo trabajaba en la oscuridad, ya sea porque madrugaba demasiado o porque se retiraba a media noche.
La muerte lo sorpendió entre los surcos y su mujer tuvo que contratar un peón para que cuidase las cosechas. El peón era un muchacho honrado y laborioso, que llegaba a los sembrados antes del alba. Así, un día estaba labrando en la penumbra, cuando vió una luz frente al arado. El peón creyó que se trataba de un reflejo o algo similar y continuó su labor. Sin embargo no tardó en notar que la luz siempre permanecía frente a él, sin importar que el arado se moviera a derecha o izquierda o diese la vuelta. La luz lo acompañó así hasta el amanecer.
Al día siguiente la luz volvió a plantarse frente al peón y lo mismo se repitió cada mañana, hasta que el muchacho sintió miedo y fué a consultar al sacerdote. El sabio anciano tras escuchar su relato le aconsejó:
-Pregunta a esa luz que es lo que quiere de tí.
El muchacho siguió su consejo. La siguiente vez que la luz apareció, aunque él estaba asustado, la interrogó en el nombre de Dios.
Entonces escuchó la voz del labrador muerto, que le dijo:
-No puedo entrar al cielo, pues aunque me arrepentí de mis pecados, no pude remediar una falta grave. Por las noches, cuando los vecinos creían que trabajaba, en realidad cambiaba las lindes de los campos, así aumenté mis tierras sin que nadie lo notara. Solo podré entrar al cielo cuando las lindes sean corregidas. ¡Hazlo tu, por caridad!
El muchacho aceptó ayudarlo y la luz desapareció.
El peón se dedicó a reparar los límites alterados, lo hizo a escondidas y sin decir palabra a nadie, para que la memoria del labrador no quedara manchada.
Cuando al fín terminó volvió a escuchar la voz del muerto diciéndole:
-¡Gracias por tu obra de caridad!
Y frente a él apareció una bolsa con monedas de oro. El peón compró una pequeña finca y prosperó y nunca más vió luces extrañas ni escuchó voces sobrenaturales.

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EL BANQUETE DE LA MARQUESA DE FALCES

Después de tomar Navarra, Fernando el Católico dispuso que se destruyeran todos los castillos, para que nadie pudiera volver a oponerse a su reinado.
Don Hernando del Villar se encargó de cumplir la orden real, con tanta fiereza que se volvió el azote de los navarros. Destruyó fortaleza tras fortaleza, hasta llegar al castillo de Marcilla.
Don Hernando se sorprendió al encontrar bajado el puente levadizo, con el portón abierto de par en par. Su sorpresa fue mayor al ver que la misma dueña salía a recibirlo, lujosamente vestida y en compañia de damas ymúsicos.
La castellana, Doña Ana de Velasco, Marquesa de Falces, le dió la bienvenida y lo condujo al interior del castillo. Ahí lo agasajó con un deslumbrante banquete. Los lugartenientes y soldados de Hernando también tuvieron su festín, en otros recintos del castillo.
Todos bebieron y comieron a placer, mientras músicos y saltimbanquis los entretenían.
Cuando se sirvieron los postres, la marquesa preguntó a Hernando a que debía el honor de su visita. Hernando le informó que por ordenes reales venía a demoler el castillo. Entonces la marquesa replicó friamente:
-Puede regresar a su tierra, sepa que con el terror nada se consigue de los navarros.
Irritado, Hernando respondió que debido al recibimiento, la marquesa tenía permiso de llevarse sus tesoros antes de abandonar el castillo con toda su servidumbre. Ante esto, la marquesa le constestó con gélida cortesía:
-Pues yo le concedo la vida, Don Hernando
A una señal de la marquesa, el salón se llenó de guerreros listos para el combate, mientras, en los otros recintos del castillo, los soldados enemigos también eran rodeados y desarmados.
Hernando y sus hombres no tuvieron mas alternativa que abandonar el castilo, y alejarse rápido para nunca volver, pues al salir vieron las almenas llenas de arcabuceros listos a disparar.
Así fue como la marquesa de Falces salvó el castilo de Marcilla, que aún hoy sigue en pie.

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LA ROSA DE ISPASTER

En tiempos lejanos, en el país Vasco, María de Laucariz era famosa por su dulzura y belleza. Los vecinos la llamaban cariñosamente la Rosa de Ispaster, y se alegraban de su noviazgo con Pedro de Belandia, un noble caballero de la región.

Pero la fama de María fué su ruina. Los rumores de su hermosura llegaron al infame Don Sancho Ortiz de Mendiguna, que se encaprichó en poseerla. Don Sancho era un hombre viejo, pero cruel y poderoso, conocido por no aceptar negativas. Rodeado de riquezas, Don Sancho pidió la mano de María. El padre de la bella aceptó mitad por miedo , mitad por codicia y María no se opuso, pues sabía que era inútil.

Pedro quiso retar a Don Sancho, pero temiendo que lo emboscaran, María le hizo jurar que la dejaría resolver el problema por otros medios. María rezó incansablemente, cuando ya desesperaba se le apareció su madre muerta, aconsejándole que confiara en Dios, pues Él los llevaría al cielo, donde ella y Pedro vivirían en eterna felicidad.

El día de la boda, la gente de Ispaster se reunió enfadada alrededor de la iglesia. Todos esperaban la señal de Pedro, dispuestos a impedir la boda como fuese. La siniestra escolta de Don Sancho no los intimidaba, lo miraban ceñudos, listos para una pelea desigual.

Las campanas tañeron para la ceremonia, Don Sancho se impacientó por la tardanza de la novia, ya se disponía a ordenar que la trajeran a rastras, cuando una criada llegó llorando a gritos. La Rosa de Ispaster había muerto de repente, mientras la vestían con el suntuoso traje de bodas.

Don Sancho, furioso por no cumplir su capricho, se marchó sin esperar a que velasen a su prometida. Nunca llegó a su castillo, a medio camino enfermó misteriosamente y murió entre terribles sufrimientos.

Poco después del sepelio, Pedro siguió a María al mas allá, lo encontraron muerto junto a la tumba de su amada, cubierto con un sudario de blanca nieve.

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OCHOA DE MARMEX

Hubo en Vizcaya 2 importantes señores, Don Rodrigo de Lamindaro y Don Iñigo de Marmex. Los 2 acordaron el matrimonio de sus hijos cuando éstos aun eran niños.

Poco después del compromiso los Marmex se marcharon a pelear contra los moros. Transcurrieron asi varios años, Ochoa de Marmex creció y se convirtió en un famoso caballero. Mientras, Alida de Lamindaro floreció y se transformó en la doncella mas hermosa del país vasco.

Ochoa de Marmex finalmente pudo regresar para casarse, pero cuando cabalgaba hacia el castillo Lamindaro se extravió. Desorientado, Ochoa llegó a un estanque donde una linda moza llenaba su cántaro. Ochoa le preguntó cortesmente si sabía como llegar al castillo y la joven le ofreció guiarlo hasta alli.Por el camino empezaron a conversar, y la moza le contó su triste historia sin saber quien era él.

La joven se llamaba Graciosa de Lamindaro, había quedado huerfana y vivía con su tío, Don Rodrigo de Lamindaro. Desde que llegara al castillo la habían humillado, al extremo de tratarla como moza de cocina y comprometerla con un tal Juan el Jorobado. Ochoa se llenó de desprecio hacia Rodrigo y de simpatía hacia Graciosa; la dulzura de la muchacha terminó por ganar su corazón durante el breve viaje.

Al llegar al castillo, él le reveló que era Ochoa de Marmex y le pidió que lo anunciara. Graciosa, sorprendida y confusa, hizo lo que le pedía y los Lamindaro recibieron a Ochoa con un pequeño banquete para celebrar la próxima boda.

Durante el festejo, Ochoa comparó a la bella pero arrogante Alida y a la sencilla pero noble Graciosa, y tomó una decisión. Mientras brindaba con Don Rodrigo, Ochoa expresó sus condiciones para la boda: Su prometida debía encargarse de todos los quehaceres domésticos y debía obedecerle dócilmente, sin importar lo caprichosas que fueran sus ordenes.

Don Rodrigo se rió pensando que era una broma, pero cuando Ochoa aclaró que no bromeaba, los ánimos se exaltaron; Don Rodrigo echó  mano a su espada, pero Ochoa desenvainó la suya primero y le obligó a sentarse de nuevo a la mesa. Entonces Ochoa declaró su amor a Graciosa y le preguntó si quería casarse con él, a pesar de sus condiciones. Ella le confesó que también se había enamorado y aceptó su propuesta.

Los 2 abandonaron el castillo de inmediato, mientras se alejaban al galope, Ochoa le prometió a Graciosa que nunca le exigiría ningun sacrificio. El había visto su sencillez, y sabía que ella no tenía soberbia que necesitara doblegarse.

Ochoa y Graciosa se casaron, y juntos gobernaron con justicia la heredad de los Marmex.

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UNA LAMIA ENAMORADA

Hace mucho tiempo, un estudiante vasco regresó a su pueblo durante las vacaciones. Después de meses en la ciudad extrañaba la comarca de su niñez y decidió salir a pasear por el campo. Caminó entre árboles y arroyos hasta perder de vista las casas, entonces junto a una cascada encontró a una bella muchacha con vestido largo.

Se acercó a saludarla y asi comenzó una animada conversación que duró hasta el atardecer. Entonces se despidieron con la promesa de volver a encontrarse ahí.

Esa noche el estudiante soñó con la muchacha, aunque ella no le había dicho su nombre, él imaginó una vida de felicidad a su lado.

Al día siguiente se reunieron en la cascada, ella estaba todavía mas dulce y hermosa, así que el estudiante no lo pensó y le propuso matrimonio. La muchacha finalmente aceptó y se despidieron con un beso.

Al regresar el estudiante les contó todo a sus padres; esperaba cierta oposición, pues todo había sucedido de prisa, sin consultarlos, pero no estaba preparado para las palabras de su padre. El recio campesino se puso muy serio y le dijo:

-Todo lo que nos contaste me lleva a pensar que esa muchacha es una lamia y nada bueno resultará de tu amor por ella.

El estudiante se negó a creerle, pero el campesino insistió:

-Fíjate en sus pies, veras que no son humanos.

La firmeza del anciano hizo dudar al muchacho, que por primera vez pensó en los detalles extraños de su encuentro con la bella…El lugar tan solitario, su belleza sobrehumana, la forma en que ella evitaba decirle su nombre…El desdichaco no pudo dormir y dió de vueltas en su habitación hasta la madrugada.

En la siguiente cita el estudiante  estaba intranquilo y taciturno, la muchacha notó que algo le pasaba y lo invitó a sentarse en una peña para hablar mas cómodamente. En ese momento él aprovechó para levantarle un poco la falda, pensando en que disculpas ofrecería para que lo perdonara, y se quedó mudo al descubrir unas patas de ganso en vez de pies humanos.

La muchacha desapareció sin dejar rastro, el estudiante regresó a su casa confuso y dolido, y se encerró en su habitación sin decir palabra. Ya no volvió a salir, murió de tristeza extrañando a la lamia, que ya no regresó, pues él había visto sus pies.

Cuando lo llevaron a enterrar, la bella lamia enlutada siguió el ataud desde lejos, pero cuando el cortejo fúnebre entró al cementerio de la iglesia, ella dió la vuelta y regresó al bosque llorando, pues no podía entrar a terreno sagrado.

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NUESTRA SEÑORA DE BALZAGA

En Rigotia, Vizcaya, existió en tiempos remotos un humilde santuario dedicado a la Virgen. Con el tiempo los devotos consideraron que el edificio era muy pequeño, muy rustico, y decidieron mudar la santa imagen de la Virgen a un nuevo recinto. La nueva iglesia sería suntuosa y se construiría en un lugar cercano.
Todos cooperaron con materiales que se amontonaron en el lugar de la construcción, listos para empezar la obra. Pero cuando los obreros llegaron al día siguiente, no encontraron ni una piedra, ni un poco de cal. Corrieron a denunciar el robo y al pasar por el antiguo santuario vieron los materiales. Desconcertados, los obreros pasaron esa jornada acarreándolos de regreso.
La mañana siguiente todos los materiales estaban de nuevo en el pequeño santuario. Lo mismo sucedió varias veces. Entonces se acordó que 12 vecinos de Rigotia velaran el sitio de construccion.
Los 12 elegidos se ocultaron entre los árboles y esperaron en silencio. Cuando sonaban las 12 campanadas se escuchó un ruido de ruedas, poco después apareció una carreta de bueyes, guiada por una hermosísima doncella que decia: “¡ea, idibalzaba!”. Magicamente, los materiales subieron a la carreta, entonces ésta desapareció, junto con los bueyes y la doncella.
Los vecinos contaron lo que habían visto y la gente de Rigotia comprendió que la Virgen no deseaba mudarse. Utilizaron los materiales para remodelar y ampliar el santuario y allí la siguieron venerando, con el nuevo nombre de Nuestra Señora de Balzaga.

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LA VIRGEN DE LA TERRAZA

Se cuenta en Navarra que una mañana el rey Don Garcia salio a cazar. El rey y sus acompañantes cabalgaron un buen rato sin hallar ninguna presa. Entonces una perdiz volo de repente y el rey lanzo su azor favorito contra ella.

La perdiz volo y volo, esquivando agilmente al azor, en su huida atraveso un rio y se perdio de vista en las profundidades del bosque, el azor tambien desaparecio tras ella.

Preocupado por su mejor ave cetrera, el rey entro a la arboleda. Todos buscaron a la perdiz y al azor, pero hasta los rastreadores mas experimentados terminaron rindiendose.

Sin embargo el rey continuo internandose en el bosque y asi llego hasta una cueva. Penso que quiza la perdiz se habia ocultado alli y el azor la habia seguido. Mando entonces que sus hombres encendieran unas antorchas, y entraron a la cueva.

Adentro encontraron una imagen de la Virgen, que parecia haber sido escondida en ese lugar. Delante de la imagen habia una campana y una pequeña vasija de las que llaman “terraza”. Pero lo mas extraño fue que a los pies de la Virgen estaban la perdiz y el azor, contemplandola juntos en serena paz. Don Garcia y sus acompañantes comprendieron que era un milagro y cayeron de rodillas frente a la imagen.

El rey ordeno que se construyera un monasterio en ese lugar, y en la capilla se guardo la Virgen con la humilde vasija y la campana. Tiempo despues el rey instituyo la Orden de la Terraza en honor del hallazgo

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LA SENTENCIA DE LA BRUJA

Cuenta una leyenda vasca que en el pueblo de Yurre, en vizcaya, vivió hace mucho una dama muy rica y soberbia.

Esta dama se consideraba la más distinguida de la región y a todos los veía como inferiores. Cada domingo asistía a la misa mayor no por devota, sino para humillar a los pobres presumiéndoles sus mejores joyas y vestidos.

En aquella iglesia se acostumbraba repartir pan bendito durante la misa, un domingo a la dama se le cayó el pedazo de pan, y no quiso inclinarse a recogerlo, así que salió dejándolo tirado en el suelo.

Aquella misma noche empezó a sentirse mal, y fué empeorando al paso de los días, sin que ningún médico pudiera ayudarla. Su misteriosa enfermedad se volvió la comidilla del pueblo, todos comentaban que pronto moriría.

 Cerca de Yurre vivía un muchacho muy pobre, tan pobre que se veía obligado a trabajar para una bruja. Cierta vez el muchacho la escuchó hablar de la enfermedad de la dama y decidió seguirla al aquelarre para averiguar más. Caminó a hurtadillas tras la bruja hasta que llegaron a lo profundo del bosque, entonces se ocultó en la copa de un árbol y espió a gusto las ceremonias y encantamientos.

Al terminar, las brujas comentaron entre risas las desdichas de los aldeanos, la patrona del muchacho se burló del orgullo de la dama rica y sentenció:

-Acabará en el sepulcro, pues no se curará a menos que limpie con la lengua el sitio donde cayó ese pan.

El muchacho esperó que amaneciera y las brujas se marcharan, entonces fue de prisa a casa de la dama y le contó todo. La enfermedad había doblegado el orgullo de la mujer. Con ayuda del muchacho, la dama fue a la iglesia y de rodillas limpió con la lengua el suelo donde dejara el pan. Sanó inmediatamente y recompensó al muchacho con una pequeña fortuna. Él compró una granja y se dedicó a trabajar.

Las brujas adivinaron quien las había espiado y decidieron vengarse del muchacho. Una medianoche rodearon su casa para matarlo, pero el muchacho exclamó “¡Jesús!” y el nombre del Salvador bastó para hacerlos huir y no regresar jamás

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NUESTRA SEÑORA DEL LAGO

La gente del país vasco cuenta que cerca de Caicedo hubo una exitosa posada. El dueño había properado en pocos años y era el más rico del pueblo, sin embargo también era el más avaro.

Un día llegó a la puerta de la posada una joven mendiga cargando un niñito. La mendiga pidió un poco de pan para su hijo, pues no había comido en días. Conmovidos, los criados rogaron al dueño de la posada. De mala gana concedió que pusieran en el horno un poco de masa corriente para cocer un pequeño pan.

Mas, cuando abrieron el horno, hallaron un pan enorme y muy fino. El dueño juzgo que sería una limosna excesiva, y ordenó que se pusiera a cocer aún menos cantidad de masa. Al abrir el horno encontraron un pan todavía más grande y delicioso. Entonces el dueño tomó apenas un pellizco de masa y la puso a cocer. El mismo abrió el horno y sacó un pan gigantesco, exquisito. Furioso, el dueño ordenó a los criados que despidieran a la desdichada mendiga sin darle ni un mendrugo.

Pero una criada se compadeció de la mujer y le dió su escasa ración de pan duro; la mendiga le agradeció y le dijo que la siguiera, pues una gran desgracia iba a suceder en esa posada. No le dió tiempo a la criada para preguntar o siquiera hablar, pues inmediatamente empezó a caminar alejándose de ahí.

Mientras subían un pequeño cerro la mendiga se transformó, sus harapos se convirtieron en hermosos hábitos y su rostro se iluminó con resplandor celestial, entonces la criada reconoció a la virgen, y en el momento en que se arrodilló escuchó un ruido de agua y piedras a su espalda.

Al voltearse vió un lago de aguas cristalinas donde antes estaba la posada. El edificio había desaparecido junto con el dueño, sin que nadie supiera como, ni siquiera los criados y huespedes de pie a la orilla de las aguas.

La criada comprendió que el prodigio era un castigo a la falta de caridad del avaro; fue al pueblo cercano para contar el suceso y la gente levantó una ermita en honor de la virgen, a quien llamaron Nuestra Señora del Lago.

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LA CRUZ EN EL PAN

En el pueblo de Arratia, en el país vasco, la gente cuenta que un día una mujer estaba muy atareada horneando pan y se enfureció con su hija pequeña, que insistía en jugar en la cocina.

Impaciente, la mujer sacó a la niña al patio mientras exclamaba:

-¡Desaparece y dejame trabajar!

Luego regresó a sus labores, que pudo terminar en paz porque la niña dejó de interrumpirla. Ya tranquila, la mujer se arrepintió de haberle gritado y fue por ella al patio. Mas no estaba ahí. Empezó a llamarla, la buscó por todo el barrio con ayuda de los vecinos, pero nadie la encontró.

Pasaron meses, años, la mujer no se resignaba, seguía buscando a su hija, preguntando por ella, hasta que un pastorcito le dijo que la había visto a las afueras del pueblo, en una cueva.

La mujer fue inmediatamente y en efecto su hija estaba jugando en la entrada. Feliz, la madre corrió hacia ella, mas la niña desapareció dentro de la cueva antes que pudiera acercarse. Lo mismo pasó durante varios días, así que la madre pidió ayuda a un sacerdote.

El sacerdote le dijo que horneara 7 panes y en el septimo pusiera una cruz, y que los colocara en fila frente a la cueva, cada uno mas lejos de la entrada, dejando el pan con la cruz al final.

Así lo  hizo la mujer, y esperó escondida entre los arbustos. La niña salió, tomó el primer pan y corrió de regreso a la cueva, luego tomó de la misma manera los siguientes panes. Pero cuando tomó el pan con la cruz e intentó regresar, la cueva se cerró.

Entonces la madre aprovechó para tomar a la niña y correr. Cuando llegaron a casa, ella interrogó a su hija, pero la niña no pudo explicarle como había llegado a la cueva, poque ya no recordaba nada, solo atinó a decirle que estaba cumpliendo el deseo de su madre.

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