EL LABRADOR DESHONESTO
Cerca de Astigarraga, en el país Vasco, vivió un labrador avaro que logró reunir una modesta fortuna. Los vecinos criticaban su excesivo apego al dinero, pero también reconocían su amor al trabajo. El labrador era el primero en levantarse y el ultimo en irse a dormir, se pasaba el día atendiendo sus campos y sus huertos y a menudo trabajaba en la oscuridad, ya sea porque madrugaba demasiado o porque se retiraba a media noche.
La muerte lo sorpendió entre los surcos y su mujer tuvo que contratar un peón para que cuidase las cosechas. El peón era un muchacho honrado y laborioso, que llegaba a los sembrados antes del alba. Así, un día estaba labrando en la penumbra, cuando vió una luz frente al arado. El peón creyó que se trataba de un reflejo o algo similar y continuó su labor. Sin embargo no tardó en notar que la luz siempre permanecía frente a él, sin importar que el arado se moviera a derecha o izquierda o diese la vuelta. La luz lo acompañó así hasta el amanecer.
Al día siguiente la luz volvió a plantarse frente al peón y lo mismo se repitió cada mañana, hasta que el muchacho sintió miedo y fué a consultar al sacerdote. El sabio anciano tras escuchar su relato le aconsejó:
-Pregunta a esa luz que es lo que quiere de tí.
El muchacho siguió su consejo. La siguiente vez que la luz apareció, aunque él estaba asustado, la interrogó en el nombre de Dios.
Entonces escuchó la voz del labrador muerto, que le dijo:
-No puedo entrar al cielo, pues aunque me arrepentí de mis pecados, no pude remediar una falta grave. Por las noches, cuando los vecinos creían que trabajaba, en realidad cambiaba las lindes de los campos, así aumenté mis tierras sin que nadie lo notara. Solo podré entrar al cielo cuando las lindes sean corregidas. ¡Hazlo tu, por caridad!
El muchacho aceptó ayudarlo y la luz desapareció.
El peón se dedicó a reparar los límites alterados, lo hizo a escondidas y sin decir palabra a nadie, para que la memoria del labrador no quedara manchada.
Cuando al fín terminó volvió a escuchar la voz del muerto diciéndole:
-¡Gracias por tu obra de caridad!
Y frente a él apareció una bolsa con monedas de oro. El peón compró una pequeña finca y prosperó y nunca más vió luces extrañas ni escuchó voces sobrenaturales.





