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Archive for Españolas

EN LA BELLA DONOSTIA

En la ciudad de Donostia, en el país Vasco, vivían Pedro de Laurtun y Maria de Lordi.

Pedro y María se amaban, pero él era huérfano y muy pobre, y al parecer no tenía porvenir en Donostia, por eso los padres de María no veían con buenos ojos su relación con él, y se oponían a una posible boda. Por eso se veían a escondidas a orillas del Urumea, el hermoso río que corre cerca de Donostia. Una tarde que paseaban a las márgenes del río Pedro, ya desesperado, propuso que escaparan y se casaran sin el permiso de los padres de María.

María amaba mucho a Pedro, pero también quería mucho a sus padres, y no quiso causarles el dolor y la verguenza de una fuga asi. Además, María estaba muy unida a la comarca en que había nacido, y sentía que no podría vivir feliz en ningun otro lugar.  Apesadumbrada pero firme, María se reusó.

Pedro no tomó bien su negativa, no comprendió sus motivos. Cegado por los celos pensó que ella se reusaba porque ya no lo amaba, porque se había enamorado del huesped que vivía en su misma casa, el ilustre y próspero Luis de Bidanay, llegado desde Francia para negociar y conocer la región donde sus antepasados habían vivido brevemente.

Furioso, Pedro se marchó dejando a María con la palabra en la boca. Estaba decidido a marcharse de Donostia para siempre, embarcarse a tierras lejanas y buscar fortuna y otra mujer en el extranjero. Reunió sus escasas pertenencias y se dispuso a emprender el camino hacia el puerto mas cercano.

Pero antes pasó por la calle donde vivían los Lordi, a volcar su rabia y amargura como despedida. Tocó a la puerta y María abrió, en el umbral Pedro le informó sin más que se marchaba para siempre, que ella podía quedarse tranquila a desposar a Don Luis y ser feliz gozando de sus bienes. María le replicó que las vascas debían recibir con hospitalidad al extranjero que se había hermanado con el país, que ese era el caso de Luis de Bidanay, cuyos antepasados habían peleado valientemente junto a los caballeros vascos de Roncesvalles. También aclaró a Pedro que aun lo amaba, aunque él no lo mereciera por su falta de confianza, sus celos absurdos y sus arranques caprichosos.

María también le rogó que no se marchara a peligrar lejos de ahí, en regiones agrestes y hostiles, lejos de su hermosa patria. Al ver su preocupación, Pedro recapacitó, y contestó que él también amaba Donostia, y no podría ser verdaderamente feliz lejos de su tierra y lejos de ella. Se reconciliaron, y entonces María le dijo que había logrado convencer a su madre para que intercediera por ellos, y que finalmente su padre había accedido al matrimonio.

Pedro se quedó en Donostia, logró hacer un pequeño capital y se casó con María, ambos tuvieron hijos y lograron ser felices juntos hasta el fin de sus vidas. 

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EL UNGÜENTO DE LA BRUJA

Durante los lejanos días de la reconquista los cristianos lucharon esforzadamente contra los moros, recuperando kilómetro a kilómetro el territorio Vasco. Pero por más enemigos que mataban, en el siguiente combate los moros tenían nuevas tropas de repuesto, en cambio los soldados cristianos disminuían cada vez mas. Parecía que el número de moros era infinito, y lo peor ocurrió cuando durante una batalla un caballero reconoció a un moro que había matado hacía algunos días.

Para no descorazonar a sus hombres el caballero no dijo nada, en cambio decidió investigar que tipo de malas artes utilizaba el enemigo. Para ello se escondió entre los difuntos que cubrían el campo de batalla y esperó inmovil hasta el anochecer. Así llegó la media noche, y entonces escuchó unos pasos vacilantes en el silencio sepulcral.

Una anciana vagaba entre los muertos, al principio el caballero pensó que se trataba de una mendiga, que por hambre robaba entre los cadáveres, pero entonces vió que llevaba con ella un pequeño caldero, y que al acercarse a un cadaver moro extraía un ungüento del caldero y untaba con él las heridas del muerto. Al poco tiempo los moros atendidos por la bruja empezaron a levantarse uno a uno, y se marcharon para reunirse nuevamente con su ejercito.

El caballero esperó pacientemente, y poco antes del amanecer, cuando ya no quedaban mas moros por revivir y solo él y la bruja quedaban en el campo, el caballero se levantó rápidamente y capturó a la bruja antes que pudiese escapar al bosque cercano.

Al verse descubierta la bruja rogó por su vida, lo tentó prometiéndole enseñarle a preparar el ungüento prodigioso, incluso prometió  enseñarle todos sus maléficos conocimientos, mas el caballero no estaba interesado en ganar nada a costa de su alma, y respondió al ofrecimiento matandola con su espada.

El caballero se llevó el ungüento, y contó a los demás lo que había visto. Al principio no le creyeron, hasta pensaron que había enloquecido por las desdichas de la guerra, pero después de la batalla el caballero usó la magia robada para revivir a los soldados cristianos, y entonces todos los que dudaron reconocieron que decía la verdad, y que había realizado un gran servicio a la cristiandad, al eliminar la ventaja de los moros y equilibrar las fuerzas de ambos ejercitos.

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EL GIGANTE VENCIDO

En la cumbre del Jentilbatza, en el país Vasco, vivía un gigante pagano muy fuerte, que ninguno de sus vecinos paganos había podido vencer. Ya todos sus compañeros gigantes le tenían miedo, y cuando competían luchando nadie quería enfrentarsele. Por eso el gigante decidió bajar a donde vivían los cristianos, en busca de un hombre que quisiera medir sus fuerzas con él.

Así bajó hasta Lazcano y en el camino encontró a un muchacho de unos 14 años. El gigante le preguntó:

-¿eres un hombre fuerte?

y el muchacho le respondió:

-No, aun no soy un hombre.

El gigante continuó entonces hacia Sempe, donde hay unas cuevas en que se dice vivieron otros  gigantes . Entonces encontró a un anciano, y tambien le preguntó:

-¿eres un hombre fuerte?

a lo que éste respondió:

-No, ya no soy un hombre. mira, si quieres encontrar un hombre fuerte ve a alguna herrería de Beasain.

El gigante siguió su consejo, y se fué directo a la primera herrería de ese lugar. En cuanto entró exclamó groseramente:

-¡a ver si hay alguien aqui que sea capaz de doblarme los dedos!

Un herrero cristiano se le acercó y dijo:

-yo te voy a coger con mis dedos

Y tomó rápidamente una tenaza y agarró con ella al gigante por la nariz. El gigante intentó soltarse, pero no pudo, asi que empezó a gritar para que el cristiano aflojara la presión y lo soltara. Pero el herrero no lo soltó, y los otros trabajadores aprovecharon para golpearlo con cuanto objeto había en el taller. Finalmente el gigante pudo escapar, aunque molido a palos, y regresó humillado con sus compañeros. Cuando ellos le preguntaron que había sucedido, él solo atinó a responderles:

-Los cristianos tienen malas artes.

Desde entonces los gigantes paganos temieron mucho a los cristianos y se mantuvieron lejos de sus pueblos.

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Grachina

En el pueblo de Urdax, en el país Vasco, vivía una muchacha llamada Grachina, que era sencilla, trabajadora y devota.

Cierta mañana Grachina y unas amigas se encontraban en el campo, recogiendo la cosecha. Mientras se afanaban en cortar las espigas comenzaron a charlar, y una de ellas, la mayor y mas desenvuelta, les presumió de que pronto ya no estaría maltratándose las manos en labores de labriega, sino disfrutando de lujos y diversiones como una dama rica. Por supuesto, las demás lo tomaron a broma o disparate y se rieron de sus pretenciones. Algo molesta, ella las retó a ir con ella a la montaña esa misma noche, y atestiguar como cambiaría su suerte. Solo como chanza las demás aceptaron.

A media noche se reunieron a las afueras del pueblo, y siguieron a la muchacha mayor entre risitas. Subieron por las ásperas pendientes hasta la cumbre del monte, a una pequeña meseta cubierta de suave pasto. Ahí se acomodaron a esperar. Cuando ya bostezaban cansadas de la broma, y pensaban en regresar, el aire nocturno se llenó de risas, y llegaron al lugar muchos hombres y mujeres montados en cerdos, gallos, sillas, escobas.

Los recién llegados comenzaron un desordenado baile, enmedio de gritos e invocaciones pavorosas, entonces apareció un ser espantoso, mitad hombre, mitad chivo, con pezuñas y cuernos, que se acomodó en un gran trono negro con dosel rojo como fuego. Los hombres y las mujeres le rindieron repulsivo homenaje, y entonces la muchacha que llevara hasta allá a Grachina y sus amigas se acercó también, y besándole la mano empezó a contarle todas las malas acciones que había cometido, y que eran mérito para entrar a esa corte y recibir beneficios infernales.

El demonio, pues ese era quien se había aparecido, aceptó su ofrenda de maldades y le prometió darle cuanto deseaba, a cambio de que le jurara fidelidad. La muchacha cayó de rodillas y juró. Entonces el demonio le entregó 3 piedras, y le ordenó que apedreara una tosca cruz de madera que se encontraba en el lugar. La muchacha se disponía a obedecer, cuando Grachina la detuvo con un grito.

Furioso, el demonio buscó con la mirada a quien interrumpía la ceremonia, y al ver a Grachina la amenazó, asegurándole que ella también apedrearía la cruz, pues de lo contrario no bajaría con vida de ese monte. Grachina respondió con firmeza que prefería perder la vida que el alma, y comenzó a rezar.

El monte se llenó de chillidos de rabia, rayos, centellas, cuantos pudieron escaparon ya volando hacia la oscuridad, ya corriendo hacia el cercano Urdax. El demonio finalmente desapareció, retorciéndose de dolor, y nunca regresó. Grachina fue encontrada por unos pastores que se atrevieron a subir al monte 3 días después, muerta pero con una sonrisa de paz y mas hermosa que cuando estaba viva. 

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ITZARO

En la bahía de Bermeo a Ogoño, en el país Vasco, se encuentra el islote de Itzaro. Actualmente se encuentra deshabitado, solo quedan algunas ruinas, unas escaleras talladas y las leyendas que cuentan los lugareños.

Dicen que en el siglo X hubo ahí un pequeño monasterio, habitado por monjes blancos. Estos monjes jamás abandonaban el islote, y vivían de lo que la buena gente les llevaba en pequeños botes de remos.

Una tormentosa noche de invierno la contemplación y oraciones de los monjes se vieron interrumpidos por los gritos de auxilio de un pobre hombre que se aferraba a las rocas en medio del oleaje. La tormenta le había llevado de acá para allá hasta casi ahogarlo, y sangraba por los golpes que había recibido al estrellarse contra la áspera costa… Los monjes acudieron en su ayuda, y con sogas, y como pudieron, le rescataron y lo llevaron con ellos.

El hombre permaneció ahí largo tiempo, recuperándose de sus heridas físicas, y también de las espirituales. Cuando tuvo fuerzas les contó su triste historia. Siendo un hombre pobre, se había enamorado de una joven rica, y desde luego la familia se opuso e intentó separarlos. Incluso el hermano de su amada intervino, y lo desafió, el hombre no tuvo mas remedio que defenderse, y terminó matando al caballero. Entonces, para no enfrentar la pena de la joven, ni las represalias del resto de la poderosa familia, huyó en un bote de remos. Estalló la tormenta, el bote no resistió y naufragó; el desdichado luchó enmedio del feroz oleaje y cuando ya desesperaba, se encomendó a Dios, así fue como las olas finalmente le llevaron a la agreste costa de Itzaro.

Compadecidos, los monjes le dieron un hábito y le permitieron quedarse aunque el hombre no hizo ningun voto. Asi, él dedicó sus días al trabajo y la meditación y poco a poco empezó a recuperar la paz perdida.

Pasaron meses de calma, hasta que una mañana una mujer enlutada llegó en el bote que llevaba las limosnas a Itzaro. El hombre bajó al muellecito para ayudar, tal como acostumbraba, y al verle la mujer se descubrió el rostro oculto por los velos negros. Era la joven rica. Así terminó la paz del hombre refugiado, a partir de ese día se reunió con ella a escondidas cada vez que les era posible.

La joven escapaba por las noches a la playa frente al islote, y le hacía señales con una farola, entonces él nadaba hasta ella, y en secreto disfrutaban de su amor. Pero esto no duró mucho tiempo, la familia de ella se enteró, y una noche su padre la siguió, y enfurecido la mató con su espada. Después recogió la farola y la utilizó para atraer al amante de su hija. En cuanto llegó, también lo mató. Para que nadie supiera lo sucedido arrojó los cuerpos al mar, con rocas atadas a sus cuellos para que se hundieran hasta el fondo.

Sin embargo las almas en pena de los desafortunados amantes lo delataron. Se aparecían en las noches claras, recorriendo la playa entre sollozos y gemidos. Cuando el padre de la joven se enteró, su conciencia no pudo más y se mató con su propia espada. Por todas estas tragedias, los monjes dejaron el humilde retiro de Itzaro, y se marcharon a otro monasterio donde pudieran orar en paz.

Aun ahora se cuenta que los dos amantes continúan vagando por la playa, llorando todavía el no haber podido ser felices juntos en vida. 

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EL PASTOR DE AMBOTO

Hace muchos años, un pastor cuidaba su rebaño en las faldas del Amboto, en el país Vasco. Había sido un día como todos, y no se veían señales de lobos, osos o ladrones, asi que el pastor, un tanto aburrido, decidió tocar su flauta para  entretenerse. El lugar se llenó con la sencilla música del muchacho, y cuando mas concentrado estaba en su melodía, llegó una muchacha muy hermosa, peinándose su larga cabellera rubia.

La doncella se acercó al pastor y le sonrió, era tan linda que al verla el muchacho se enamoró, y sin pensarlo empezó a cortejarla, decidido a conventirla en su esposa. Tocó sus mejores canciones para ella,  platicaron todo el día, y para la tarde el ya le había propuesto matrimonio. La doncella aceptó sin titubear, mas puso una extraña condición, que él no la obligase a ir a la iglesia, y que tampoco llevase a la iglesia a sus futuros hijos. El amor cegaba al muchacho, y aceptó sin pensarlo demasiado. Así, bajaron del Amboto a su cabaña, y empezaron a vivir como marido y mujer sin mas ceremonia.

Pasaron los años, y el pastor fué feliz con su misteriosa compañera, prosperó y tuvo con ella 7 hijos, que crecieron sanos y fuertes. Pero con el tiempo él había pensado en la condición impuesta por su mujer, y cada vez le preocupaba mas que sus hijos  no supieran nada de Dios o de Jesús, que nunca abrieran una Biblia, y que no estuvieran ni siquiera bautizados. Los mas grandes ya le acompañaban a cuidar el rebaño, y le preocupaba que algo les pasara, que desgraciadamente murieran y su alma se perdiera.

Por eso, un domingo preparó la carreta, y pidio a toda la familia que subiera pues los llevaría a recoger manzanas a un bosquecillo cercano. Sin sospechar nada, todos subieron, incluida su mujer. El pastor la sorprendió completamente, antes que pudiera hacer nada la amarró muy fuerte, y emprendió rápido el camino hacia la aldea vecina, para llevar a todos a misa.

La mujer lloró de ira y despecho, forcejeó con las cuerdas, le recordó el acuerdo que tenían, pero él no cedió. Ya las campanas de la iglesia se escuchaban claramente, y se podían ver las primeras casas de la aldea. Entonces, al comprender que él no cambiaría de opinion  la mujer gritó con todas sus fuerzas:

-¡Mis hijos al cielo, y yo para Muru!

Entonces se transformó en un fantasma de fuego, y quemando las cuerdas se elevó en el aire y se alejó rumbo a Muru, donde se perdió de vista. El pastor descubrió asi que ella era Mari, la Dama de Amboto, y supo en su corazón que si hubiese cumplido el acuerdo él se hubiera perdido junto con los niños.  

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LA DAMA DE AMBOTO

Hace tiempo, en un caserío cerca del monte Amboto vivía una hermosa doncella. Tantos cumplidos y alabanzas la fueron volviendo mas y mas vanidosa, hasta que terminó viviendo para su belleza. Lo que mas le gustaba de ella misma eran sus cabellos, tan rubios que parecían de oro, por eso pasaba largas horas cepillándolos e inventando nuevos peinados. A menudo descuidaba sus labores por estarse acicalando, y su madre se la pasaba recordándole a cada rato lo que aún tenía pendiente.

Un día, la madre ya vieja y enferma le pidió que fuese por agua al pozo que estaba en el patio. Como de costumbre la doncella le dijo que si, sin poner atención realmente, y siguió arreglandose los cabellos. Varias veces la madre volvió a pedírselo, y otras tantas la doncella aceptó para luego olvidarlo por completo. Harta, la madre finalmente perdió la paciencia y la riñó:

-Ya me cansé de pedirte que traigas el agua, ¿cuando piensas obedecerme? ¡eso no es lo único que te he pedido hoy!, tampoco has alimentado las gallinas, ni al cerdo, ¡no has tendido tu cama siquiera! ¿¡piensas vivir frente a ese espejo, haciendo nada excepto peinarte!?

La doncella también perdió la paciencia, pues su madre la había interrumpido justo en la parte mas dificil del nuevo peinado, así que le replicó groseramente:

-Si quieres el agua ahora mismo, ve por ella, que estoy ocupada y no me moveré de aquí hasta que me vea como merezco.

Eso fué lo ultimo que soportó su madre. Enfurecida mas allá de todo control por la respuesta de su hija, la maldijo gritandole:

- ¡Que así sea! ¡Que el cielo te dé lo que merece tu vanidad, tu pereza y tu falta de respeto! 

En ese momento estalló una furiosa tormenta, con rayos como no se habían visto en la región. Y en medio de su arreglo la doncella vanidosa fue envuelta por las llamas, y transformada en un fantasma de fuego, se vió arrastrada por el viento hacia la cumbre del monte Amboto, lejos de todos sus admiradores y sus lisonjas.

Se dice que aún sigue ahí, que en las noches oscuras se le puede ver vagando por la cumbre en forma de bola de fuego, e inclusive, algunas veces se le puede ver en pleno día, en forma de nuvecilla blanca que recorre las faldas del Amboto. En ocasiones la doncella se aparece en su antigua forma humana, y por ello la gente la conoce como Mari, la Dama de Amboto. Pero aunque conserva su belleza, con el tiempo se ha vuelto malvada, y casi siempre se aparece para perjudicar a quien encuentre en su camino.  

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LA DONCELLA VANIDOSA

Bertha de Maurac era la doncella mas hermosa de Gascuña, en el país Vasco. También era la mas vanidosa, pues disfrutaba mucho lucirse en los banquetes, ser admirada por los hombres y envidiada por las mujeres. Por su belleza tenía varios pretendientes, pero solo favoreció a uno, Nuño Inthalitzna.

Todas las mañanas Bertha y Nuño se reunían a orillas del turbio río Garona, y platicaban durante horas. Nuño la entretenía con historias caballerescas acerca del Duque de Gascuña. Este duque era hijo y hermano de reyes, había vencido a los normandos y a muchos otros enemigos de los Vascos, y se rumoraba que quizá llegara a Rey de Pamplona, en caso de que su hermano abdicase. Sin embargo este heroe no disfrutaba de honores y palacios, solo se sentía feliz recorriendo los bosques de las montañas, por eso la gente le llamaba “El Montañes”.

Al paso de los días Bertha y Nuño se enamoraron y cuando él le propuso matrimonio ella aceptó. Desafortunadamente Bertha cambió de opinión al escuchar los planes de Nuño. El pensaba llevarla a vivir a su casa en el campo, le habló entusiasmado de lo bella que era esa comarca, de las frescas grutas de Isturitz, de los abetos del bosque de Achabar, del impetuoso torrente del río Ulreitxca y de sus ninfas acuaticas… Bertha lo interrumpió y le confesó que ella no comprendía su amor por las montañas y no podía imaginar una vida en un lugar tan distante, sin comodidades, sin lujos ni fiestas, después rompió su compromiso recién acordado.

Todavía Nuño intentó convencerla, le prometió que su amor compensaría la falta de banquetes y bullicio, pero Bertha no cedió. Entonces Nuño le confesó que él en realidad era el Duque de Gascuña, viajando de incognito por el reino. Bertha, sorprendida y feliz, aceptó acompañarlo a sus amadas montañas, pero el Duque ya no quiso tener por esposa a una mujer tan frívola e interesada, sin importar que tan bella fuese, así que la dejó a orillas del río, prediciéndole terribles desdichas a causa de su vanidad.

En efecto, Bertha acabó casándose por interes con Sancho Mitarra. Sancho era un rico vasallo del Rey y le prometió grandes fiestas, joyas y lujosos vestidos. Pero nunca cumplió tal promesa, pues era muy celoso. En cambio la encerro en un remoto castillo, donde la maltrató constantemente pues sospechaba de cualquier mirada fija o atisbo de sonrisa de Bertha. Así sufrió la vanidosa beldad, hasta que una noche Sancho la apuñaló durante un ataque de celos.

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EL DRAGON

Cerca de un pueblo vasco había una cueva, habitada por un dragón con 7 cabezas. El monstruo acostumbraba abandonar su guarida para devorar al azar animales y personas. Varios hombres valerosos intentaron matar al dragón, pero solo consiguieron morir horriblemente y encolerizar a la bestia, que aumentó sus ataques a rebaños y pastores. La gente dejó de acercarse al lugar, era tanto su temor que practicamente vivían como prisioneros en sus casas.

Entonces hicieron un trato con el dragón. El monstruo se comprometió a dejarlos en paz, a cambio de que cada año le entregaran a una doncella para devorarla. Cada año al llegar la primavera hacían un siniestro sorteo. La joven elegida era atada a un árbol frente a la cueva del dragón y abandonada a la ferocidad de la bestia.

Así, un día le llegó el turno a la hija del rey. El desesperado padre prometió su reino y la mano de la princesa a quien matara al dragón, pero ningún príncipe, caballero o aldeano se presentó. Entre llantos y lamentaciones se llevó a la princesa a la entrada de la cueva y la dejaron ahí como a todas las otras desdichadas.

Mientras la princesa lloraba horrorizada, pasó por ahí un muchacho con un cayado y un perro. Era un pastor forastero, que se dirigía al pueblo para buscar trabajo. El pastor, asombrado de ver así a una princesa, se acercó para destarla y averiguar que pasaba y ella le contó todo acerca del dragón. El pastor prometió ayudarla.

En eso estaban cuando el monstruo salió de la cueva, atraido por el fresco aroma a doncella. La pobre princesa ni siquiera pudo gritar, era tanto su terror que se desmayó. Aunque su oficio no era cazar, el pastor enfrentó al dragón. Primero le echó a su valeroso perro, que corrió alrededor del monstruo, mordiéndolo y alejándose varias veces. Aunque el perro no lograba hacerle mucho daño, lo distrajo lo suficiente para que el pastor improvisara una lanza con su cayado y su cuchillo de monte.

El pastor se acercó y cada vez que el dragón intentaba morder al perro, él aprovechaba para herir al monstruo en las fauces abiertas. Así fué cortando una por una las siete lenguas, así fue matando una por una las siete cabezas, hundiendo su lanza en cada paladar. El dragón finalmente se derrumbó, pero antes que el pastor volteara hacia la princesa, alguien lo golpeó en la cabeza dejándolo inconsciente.

Un sirviente del rey había visto la lucha, escondido entre los arbustos. Había esperado que otro realizara la hazaña para robarle el premio. El sirviente, creyendo que había matado al pastor, se apresuró a levantar a la princesa y llevarla con el rey, junto con las 7 cabezas del dragón, que cortó para probar la muerte del monstruo.

El rey se dispuso a cumplir su promesa, organizó un gran banquete para anunciar el compromiso de su hija con el sirviente tramposo, pero antes de que pudiese hablar, el pastor irrumpió en el festín, mostrando las 7 lenguas que cortara. La princesa lo reconoció y apoyó su relato.

Al verse descubierto el sirviente acobardado confesó y pidió clemencia, por lo que el rey solo lo desterró. El pastor se casó con la princesa y fue nombrado heredero al trono, y finalmente se convirtio en un rey justo y bondadoso.

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JAUNTZURIA, EL SEÑOR BLANCO

Se cuenta en el país Vasco, que allá por el siglo V llegó a Mundaka un barco extraño.

Los sencillos pescadores nunca antes habían visto un navío semejante, tan grande y majestuoso, con tan complicado velamen, y tripulado por hombres gigantescos, robustos, de ojos claros y cabellos rubios.

El barco extranjero estuvo a punto de zozobrar, pero los pescadores hicieron señas al piloto y le indicaron el sitio donde se podía anclar sin peligro.

Cuando el barco estuvo seguro, la tripulación bajó unos botes enormes, con muchos remos y en el mejor acomodaron a una dama hermosa pero melancólica.

Los pescadores les recibieron cordialmente, y los extranjeros armaron sus vastas tiendas junto a la aldea. Con el paso de los días y la convivencia floreció la amistad entre ambos pueblos, amistad que se consolidó cuando la dama dió a luz a un niño muy blanco y rubio, con ojos azules como el reflejo del mar.

Cuando la dama tuvo a su hijo en los brazos sonrió por primera vez, y al fín tuvo fuerzas para contar su triste historia.

Ella era una princesa de Dinamarca y se había enamorado de un caballero valeroso y gentil, pero sin sangre real. Su padre se opuso y no solo encerró al caballero en un calabozo, sino que la comprometió con un principe sanguinario pero acaudalado. A escondidas la princesa visitó a su verdadero amor cada vez que pudo y hasta consiguió casarse con él en secreto, sin embargo, su padre sospechó algo y mandó asesinar al caballero.

Entonces la princesa escapó, ayudada por los amigos de su amado, quienes navegaron lo mas lejos posible de Dinamarca y así llegaron al mar Cantábrico y la costa Vasca.

El bebé de la princesa creció entre los vascos y se convirtió en un hombre sabio y poderoso, por lo que le llamaron “Jauntzuria”, el señor blanco, y le eligieron como su caudillo. El fué el primer señor de Vizcaya

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