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LA ROSA DE ISPASTER
En tiempos lejanos, en el país Vasco, María de Laucariz era famosa por su dulzura y belleza. Los vecinos la llamaban cariñosamente la Rosa de Ispaster, y se alegraban de su noviazgo con Pedro de Belandia, un noble caballero de la región.
Pero la fama de María fué su ruina. Los rumores de su hermosura llegaron al infame Don Sancho Ortiz de Mendiguna, que se encaprichó en poseerla. Don Sancho era un hombre viejo, pero cruel y poderoso, conocido por no aceptar negativas. Rodeado de riquezas, Don Sancho pidió la mano de María. El padre de la bella aceptó mitad por miedo , mitad por codicia y María no se opuso, pues sabía que era inútil.
Pedro quiso retar a Don Sancho, pero temiendo que lo emboscaran, María le hizo jurar que la dejaría resolver el problema por otros medios. María rezó incansablemente, cuando ya desesperaba se le apareció su madre muerta, aconsejándole que confiara en Dios, pues Él los llevaría al cielo, donde ella y Pedro vivirían en eterna felicidad.
El día de la boda, la gente de Ispaster se reunió enfadada alrededor de la iglesia. Todos esperaban la señal de Pedro, dispuestos a impedir la boda como fuese. La siniestra escolta de Don Sancho no los intimidaba, lo miraban ceñudos, listos para una pelea desigual.
Las campanas tañeron para la ceremonia, Don Sancho se impacientó por la tardanza de la novia, ya se disponía a ordenar que la trajeran a rastras, cuando una criada llegó llorando a gritos. La Rosa de Ispaster había muerto de repente, mientras la vestían con el suntuoso traje de bodas.
Don Sancho, furioso por no cumplir su capricho, se marchó sin esperar a que velasen a su prometida. Nunca llegó a su castillo, a medio camino enfermó misteriosamente y murió entre terribles sufrimientos.
Poco después del sepelio, Pedro siguió a María al mas allá, lo encontraron muerto junto a la tumba de su amada, cubierto con un sudario de blanca nieve.






