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LEYENDA DEL MERCADER


En el siglo XVI llegó Tomas Tremiño a la capital, con ahinco se dedicó al comercio y al cabo de los años acumuló una fortuna.

Se construyó un palacio en el barrio mas distante; según se acostumbraba en esos días, Tremiño se instaló en el segundo piso, y en el primero abrió una gran tienda.

El negocio de Tremiño tenía dos puertas; los clientes que entraban por la puerta izquierda eran mejor atendidos y recibían las mercancías a mejor precio. Los empleados no comprendían esta excentricidad del patrón, pero se limitaban a seguir sus indicaciones.

Sin embargo entre la servidumbre había una mujer muy curiosa que decidió investigar. Además de la extraña costumbre relacionada con la puerta izquierda, Tremiño mantenía siempre cerrada con llave una habitación sin ventanas de la planta alta. Solo él entraba allí y siempre de madrugada, cuando los sirvientes ya dormían en su cuartito anexo al almacén.

Una noche la mujer curiosa siguió a Tremiño escondiéndose en las sombras. Esperó que el mercader cerrara la puerta tras él para acercarse en silencio. Espió por la cerradura y con horror vió a su patrón azotando con un látigo a un Niño Jesús tendido en el suelo. Entonces la mujer comprendió porque nunca lo había escuchado rezar, ni lo había visto ir a la iglesia. Se retiró rapidamente y en cuanto pudo lo denunció al Santo Oficio.

A la noche siguiente el inquisidor Aldeño irrumpió en la casa y atrapó a Tremiño golpeando la imagen. Informado también del asunto de la puerta izquierda, el inquisidor mandó a sus hombres que la registraran cuidadosamente, y así descubrieron que Tremiño había enterrado un crucifijo en ese umbral, de manera que cuantos entrasen por esa puerta lo pisaran sin saber.

La inquisición condenó a Tremiño por blasfemia y la sentencia fue la confiscación de sus bienes y la muerte en la hoguera. Vistiendo san benito lo llevaron al quemadero que estaba al sur del palacio de gobierno. Ahí lo ataron a un poste de hierro y encendieron la pira, más ni siquiera en ese momento Tremiño mostró arrepentimiento, en vez de eso murió gritando con rabia a los verdugos:

-¡Echen mas leña, infelices, que me cuesta mi dinero!

El palacio de Tremiño aún esta en pie, y cuenta la gente que el fantasma del blasfemo nunca vagó en esas habitaciones, porque el peso de su delito lo hundió en el infierno en cuanto murió.

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