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LEYENDA DEL SELLO DEL INFIERNO
En la ciudad de México de tiempos virreinales, Mendo Ruiz y Gastón López fueron amigos desde niños. Mendo jugaba con espadas y arcabuces de madera, Gastón acompañaba procesiones y rezaba. Aunque opuestos eran inseparables, asi crecieron juntos, así estudiaron con tesón para convertirse en bachilleres.
Mendo era alto, fornido, gallardo, mujeres y duelos a espada abundaron en su juventud. Gastón era débil, pálido, monacal, sus días transcurrieron entre libros y plegarias. Con el tiempo sus vocaciones los separaron, llevándolos por diferentes rumbos, pero sin acabar con su amistad fraternal. Mendo se enlistó en el ejercito, Gastón se ordenó sacerdote.
Años después, ya viejos volvieron a reunirse. Hablaron largamente de sus años de estudiantes, recordaron, rieron, pero al fin Mendo trajo a la conversación lo que le atormentaba.
- Gastón, hermano, tu que dedicaste la vida a Dios, dime la verdad, dime si después del sepulcro realmente hay algo más que la nada y el olvido
-Mendo, al que carece de fé como tu, mis razones no pueden convencerlo. Es inutil describir la luz a un ciego, en vez de ello hagamos una apuesta, si te atreves.
-Por supuesto, dila enseguida
-Ambos moriremos, pero no el mismo día, quien muera primero que visite en su propio cuarto al que aún viva. Ha de llegar cuando el otro no este solo, y dará una palmada en la cabecera de la cama, dejando una señal. Si habita el cielo la señal será clara, si no, será negra, ¿aceptas?
-Acepto
-¿lo juramos?
-Si. Queda como un voto de ultratumba.
Los amigos volvieron a separarse, mas años pasaron, y una noche que Gastón conversaba en su celda con otros frailes, se oyo un golpe atronador y seco en la cabecera de su humilde cama. Cuando miraron el muro, hallaron la huella negra de una mano. Mendo había muerto en batalla, renegando de Dios en sus últimos momentos.
Conmovido, Gastón rezó interminables rosarios por el alma de su amigo, hasta que la huella desapareció mucho tiempo después.
La casa donde la mano negra se estampó aún puede hallarse, en la calle que se llamó Balvanera.






