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LEYENDA DE DOÑA LEONOR DE OSMA
En la Puebla colonial, en el pórtico de una iglesia barroca, Don Gutierre de Cetina se enamoró de una hermosa dama de ojos claros. Sus miradas se cruzaron y la bella, turbada, se apresuró a regresar a su casa, seguida de su adusta chaperona. Don Gutierre la siguió hasta una casona señorial con escudo de armas labrado, que aún puede verse tras el convento de Santo Domingo. Era la casa de Osma y la dama se llamaba Doña Leonor.
Aunque su amada ya tenía esposo, Don Gutierre insistió en esperarla a la salida de misa, para que ella correspondiese a sus miradas, pero Doña Leonor siempre lo rehuía. Tal rechazo encendió aún más la pasión de Gutierre, que se ingenió para mandarle poemas amorosos a Doña Leonor, pero aunque ella aceptó leerlos no le respondió.
Una noche el caballero dejó toda discreción y llevó serenata a la dama. Por suerte para ambos el esposo no estaba y Doña Leonor pudo salir al balcón. Quizá ella pretendía pedirle que la olvidara, nadie lo sabe porque no dijo palabra, finalmente su prudencia había sido vencida. Desde esa noche cuando el marido salía el poeta la galanteaba desde la calle y ella lo miraba desde el balcón.
Así fueron felices por un tiempo, hasta una noche funesta en que unos hombres salieron de la oscuridad para apuñalar a Gutierre. Los gritos de Leonor resonaron en la calle vacía, se encendieron antorchas, salió gente de las casas y los agresores escaparon apresuradamente. Pero ya Gutierre estaba muy malherido, lo llevaron desangrándose a la casa de Osma, donde un fraile lo confesó y le dió la extremaunción.
El agonizante caballero se negó a denunciar a sus asesinos, sin embargo dos fueron capturados y uno pagó el delito con la mano derecha, que le cortaron en el cadalso de la plaza mayor de la capital. Para entonces Gutierre ya había muerto y el balcón de Leonor permanecía siempre cerrado. El otro asesino libró la condena porque su victima ya no podía atestiguar en su contra. Aunque se sospechó del esposo de Leonor, tampoco pudo probársele nada.
Hoy se recuerda a Don Gutierre de Cetina por el famoso poema que empieza:
“Ojos claros, serenos
si de un dulce mirar sois alabados
¿porque si me miráis, miráis airados?…”
Hoy se cuenta que Leonor de Osma todavía espera al poeta en su balcón cada noche de luna.






