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LA CUEVA
Cerca de Córdoba se encuentra Peñuela, una comunidad cortada en 2 por una amplia carretera, con algunas de sus calles aun de terracería y rodeada de verdes cañaverales. Frente a la cantera de marmol de Peñuela existe un camino que lleva hasta la facultad de biologìa y continua mas allá de ésta, entre árboles y cultivos.
Hace algunos años un grupo de futuros biólogos decidió seguir ese camino, para colectar las plantas que les pedía su profesor. Con las mochilas en la espalda caminaron hasta dejar atras el pavimento y la carretera polvosa, se internaron ensenderos y brechas, llegaron asi a un cerro lejano, un lugar perfecto para reunir todos los especímenes que necesitaban para aprobar Botánica.
Después de descansar brevemente, comenzaron a reunir las hojas y flores necesarias; entonces uno de los estudiantes se alejò sin querer, y llegó hasta la entrada de una cueva poco profunda. Con cuidado se asomó y vió platos y vasijas prehispánicas. Muy emocionado llamó a gritos a sus compañeros, entonces juntos entraron a la que resultó una camara del tesoro.
Había incensarios, figurillas, de todo, y unos esqueletos adornados con suntuosos penachos y joyas de reluciente jade y oro. Alguien sugirió venderlo todo para hacerse ricos, y por un rato la mayoría lo pensó, pero el joven que encontró la cueva razonó con ellos hasta hacerles cambiar de idea.
Gracias a él se acordó respetar el sepulcro, avisar a las autoridades correspondientes y conformarse con la posible recompensa. Para compensar un poco a sus compañeros, el joven se acercó a los esqueletos y tomó el brazalete mas humilde, dejando a cambio su medallita de oro. Ya afuera repartió las cuentas de jade entre todos. Los demá las guardaron cuidadosamente en sus mochilas, él la colgó en su cuello usando un trozo de cordel.
Regresaron sin problemas hasta la carretera principal, mientras esperaban el camión alguien quiso echarle una mirada triste a su cuenta, lo único que conservaría del tesoro, pero no la encontró aunque vació la mochila. Inquietos, los otros también buscaron sus cuentas, mas tampoco las hallaron. El único que la conservó fue quien encontrara la cueva. Aun hoy la lleva al cuello como talismán, él ya no regresó al cerro, pero los demás si, tan solo para comprobar que la cueva había desaparecido. El muchacho que sugirió saquear la tumba, además de perder la cuenta, sufrió una inexplicable serie de accidentes que casi le cuestan la vida, y éstos solo terminaron cuando quemó copal frente al cerro e hizo una ofrenda de su propia sangre, punzandose la lengua con una espina de maguey, tal como se usaba en tiempos prehispanicos






