<- Volver al inicio
Mamá Galla
Frecuentemente, los niños son protagonistas de leyendas en las que corren grandes peligros y son objeto de la crueldad de personajes malvados. Por suerte, como en esta leyenda peruana, suelen salvarse gracias a su ingenio y a la intervención de otros personajes benefactores que llegan en su auxilio justo a tiempo.
Mamá Galla era una mujer que vivía en las alturas del camino de Canta a Huamantanga, en Perú. Era una bruja devoradora. Comía carne humana y se las arreglaba para engatusar a todo viajero que pasaba. Les ofrecía comida y reparo, pero terminaba comiéndoselos a ellos.
Mamá Galla vivía con su hija y dos nietitos. Siempre los mandaba lejos, para que no supieran cómo conseguía su alimentación, ni las malas artes que ella practicaba.
Con su familia, Mamá Galla fue buena hasta el día en que no hubo nada que comer ni pasó cerca ningún caminante. Ese día decidió matar a su hija.
Pero sus nietitos estaban intranquilos y no la dejaban ni un momento sola.
—¿Por qué no traen agua para la comida? —les pidió Mamá Galla alcanzándoles una canasta.
—Esto no sirve —respondieron los pequeños sin moverse del lugar—. Tiene agujeritos. Se nos va a escurrir toda el agua.
—Vayan a buscar piedrecillas —dijo entonces la vieja—. Cuando tengan suficientes, pueden tapar los agujeros de la canasta.
Los chicos salieron y ella no esperó mucho para matar a su hija. Se bebió su sangre y después la cortó y la echó en una olla grande.
—¿Dónde está nuestra mamá? —preguntaron los niños apenas llegaron del río.
—Fue a pastar los ganados y hasta mañana no vuelve —respondió la vieja.
—No es cierto —dijeron los trozos de la madre desde dentro de la olla—. ¡Escapen, hijos míos! ¡Yo los ayudaré a que lleguen al cielo!
Sólo los chicos oyeron la voz de su madre. Mamá Galla no la escuchó y entonces ellos armaron un plan.
—Abuela, ¿nos enseñas a llenar el agua de la canasta para que no se pierda en el camino?
—Bueno —dijo la anciana. Y los tres marcharon hacia el río.
Pero en el camino, los pequeños se perdieron de vista y, mientras Mamá Galla los buscaba, regresaron a la casa, agarraron los trozos de su madre y escaparon.
La viejecita no pudo encontrarlos y regresó a su casa. Al ver que faltaba su comida, salió tras ellos. Estaba por alcanzarlos cuando el Arcángel San Miguel les envió una cadena desde el cielo. Los chicos treparon llevando a su madre, pero la vieja se tomó de la punta de la cadena. Sin embargo, el pájaro acacllo cortó la atadura con su pico y Mamá Galla, viéndose caer, comenzó a gritar pidiendo ayuda al zorro.
—¡Tiéndete en el suelo, para que yo caiga sobre ti y no me haga daño! —exclamó.
—Está bien —dijo el compadre zorro.
Pero la vieja calculó mal y cayó sobre la tierra, se convirtió en laguna y se ahogó.
Desde entonces, en la laguna hay una piedra, Mamá Galla, que lleva su nombre.






